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Quinta columna
Hay que aprender de la experiencia

Generalmente, cuando se dice “aprender de la experiencia” se hace en función de no repetir errores ya cometidos; en otras palabras, no reincidir en ellos.

David Escobar Galindo/ Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
degalindo@laprensa.com.sv
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 7/19/2008

“Aprender de la experiencia”. Frase de cajón, que se repite casi siempre en forma mecánica y simplista. Porque, en realidad, la experiencia no la dan sólo los hechos en su inagotable variedad de expresiones; la experiencia es, sobre todo, la forma en que enfrentamos las contingencias, en que manejamos las eventualidades, en que respondemos a los estímulos y en que administramos los obstáculos. La principal experiencia, pues, consiste en el ejercicio personal de la experiencia. Y por eso “aprender” es aquí mucho más que recoger enseñanza externa: reconocer enseñanza interna. Lo que aprendemos es, en esencia, lo que aprendemos de nosotros mismos, porque aún el conocimiento científico, que parece ser el más alejado de nuestras pulsiones y compulsiones subjetivas, siempre se incorpora a la corriente psíquica que somos como seres humanos individualizados. Todo conocimiento deviene función personal irrepetible.

Esto se conecta íntimamente con las imágenes que cada uno tiene del mundo y de sí mismo. Y esas imágenes, recibidas por acarreo cultural y procesadas por metabolismo anímico, se vinculan en su raíz con lo que queremos hacer del ser que somos. Aquí no es posible escapar a la vivencia muy propia. Cada quien la suya. En mi caso, hay dos breves frases que han marcado a fondo mi concepción de la vida y de mi vida. Las dos están en el Sermón de la Montaña, y fueron dichas por Jesús de Nazareth en aquella colina sonora frente al Mar de Galilea, entre la multitud expectante. Y las he tomado siempre mucho más que como verdad revelada: como inspiración reveladora. Una de ellas tiene que ver con la postura fundamental ante la evolución del ser personal y la otra tiene que ver con la autodisciplina esencial de las emociones.

Dice una: “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”, derivada de la otra: “Amad a vuestros enemigos...”. La primera es un mandato dirigido a la voluntad; la segunda es un mandato dirigido a la sensibilidad. No se dice: Vayan haciendo lo posible por acercarse a la perfección divina; se quiere decir: Sean perfectos, porque esa es lo que les toca por haber sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Los seres humanos, para justificar nuestras flaquezas y apañar nuestras debilidades, recurrimos al argumento de que no somos perfectos; pero esa razón es perfectamente insuficiente. Lo que establece el mandato es que debemos construir nuestra propia perfección, aunque su consumación sea tan aleatoria como la vida. Y la experiencia debería enseñar que esa perfección en marcha dentro de nosotros mismos es el único ejercicio verdaderamente humano que existe, y, por consiguiente, el único que puede darle sentido a la sucesión contingente del vivir.

Este primer mandato no crea tantas resistencias porque se asume siempre como una especie de tarea ideal, y, por ende, de realización no verificable conforme a criterios precisos. El segundo mandato, en cambio, toca la fibra más sensible de nuestro ser emocional, aquélla en la que encarna la propia autodefensa del ser. El enemigo, según el sentir y el pensar rodados a lo largo del tiempo, es el que busca y pretende destruirnos o destruir alguna parte vital de nuestro ser, corporal o anímico, o se propone despojarnos de lo que nos pertenece. El enemigo es el contraser, y al serlo, amenaza nuestra propia identidad, aunque el mal que nos dirige o está dispuesto a dirigirnos no sea capaz de acabar definitivamente con la persona que somos. Siendo así todo esto, ¿de dónde nace un mandato que parece marcado por la contradicción extrema: amar al que representa la fuerza que nos ataca con intención destructiva? De seguro nace de la necesidad de purificación extrema que requiere el individuo para sobrevivir en el plano de las exigencias superiores.

Ama a tu enemigo, para que llegues a entender y dominar tu propio ser en perpetua lucha consigo mismo. Esa podría ser una interpretación posible de esa orden que, de entrada, siempre se nos presenta irrealizable. Porque no dice “perdonar al enemigo”, que ya es una función de elevados quilates; dice “amar al enemigo”, es decir: hacer que el enemigo entre en la intimidad de nuestra más resguardada condición humana. Perdonar es siempre privilegio intransferible del que perdona: el que perdona se libera de compartir la culpa del ofensor, ya que el que no puede perdonar asume de alguna manera el convivio con la ofensa, y se contamina de ella por obra de los cómplices más insidiosos del mal: el odio y el rencor. El que perdona se libera; el que ama se purifica, haciendo que su liberación se convierta en una especie de permanente lavado de luz. Por eso “amar al enemigo” es el sacramento personal supremo, y ya el sólo hecho de proponérselo en serio y con voluntad de consumación constituye la apertura de brecha hacia la meta de perfección que está ubicada en el horizonte divino de nuestra condición humana. Y, además, —para beneficio complementario— el amor abarca tanto al que ama como al que es amado: constituye un vínculo sanador y restaurador en doble vía.

Si se trata de aprender de la propia experiencia, es preciso ir construyendo conscientemente los materiales de la experiencia. Generalmente, cuando se dice “aprender de la experiencia” se hace en función de no repetir errores ya cometidos; en otras palabras, no reincidir en ellos. Pero tenemos también incontables y reiteradas experiencias positivas, y sobre todo de ellas hay que aprender, lo cual implica asimilarlas en lo que valen y representan. Lo bueno alimenta lo bueno, y esa es una ley básica de la experiencia, que desafortunadamente casi no se promueve. El propósito de perfección, la práctica del perdón y el ejercicio del amor son, de seguro, las tres experiencias más afirmativas del sentido de vivir. Dicho así, sin dramatismos inútiles, porque tales experiencias deberían ser liberadas de esa burbuja de heroísmo en la que los ha venido confinando la resistencia a aceptarlas, para pasar a la naturalidad de lo espontáneo, que tendría que ser nuestra segunda naturaleza en acción.