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Pretextos
Cartas a María



Miguel Huezo Mixco / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
mhuezom@yahoo.com
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 8/7/2008

 

Pocos secretos han sido tan celosamente guardados en LA PRENSA GRÁFICA como la identidad de “María”, la autora de una columna de consejos sentimentales que tiene ya cuatro décadas de publicarse de manera ininterrumpida. Celos, infidelidades, desengaños, ilusiones rotas —temas ‘eternos’, que han nutrido y siguen avivando la literatura, el cine, las teleseries y las conversaciones familiares— son algunos de los temas sobre los que María ha opinado a lo largo de todo este tiempo.

¿Sirven para algo las cartas en esta época de mensajes electrónicos? Claro que sí. “Cartas a María”, el nombre de la columna citada, es quizás uno de los últimos bastiones de la literatura epistolar. Sus cartas han intentado, casi por cuarenta años, ofrecer respuestas a las grandes pasiones de nuestros días. Digamos, de paso, que los mensajes de texto de nuestros teléfonos móviles son una nueva forma de la literatura epistolar. A estos se les podrá reprochar la ausencia de belleza literaria, pero tengamos por seguro que en esos apresurados envíos también se condensan sentimientos profundos. Son, si se nos permite decirlo, un nuevo tipo de verso.

¿Quién es ‘María’? No lo sé y quizás nunca lo sabremos. María ha aconsejado a los desencaminados, alentado a los desalentados y sacudido a los hechizados, instalada en el respeto a valores tradicionales. Pero más que al catecismo, ha recurrido al sentido común y al tacto humano para responder a temas espinosos, utilizando pocas palabras, y, sobre todo, sin sermonear. Más allá de que se compartan todos sus puntos de vista, es admirable el trabajo de esa anónima persona que, de ser verdaderas las cartas que recibe, se habría convertido en la mayor confidente de tres generaciones de lectores, hombres y mujeres.

El tipo de cartas que le llegan a María se escriben cuando el corazón vive trances complicados en los que se va la vida. No hay pasiones pequeñas. Mortales comunes y corrientes, al igual que muchos de los grandes héroes de todos los tiempos, se han sumergido en pasiones inopinadas. Algunos consiguen reconstruirse. Otros, en cambio, no logran sobrenadar entre la leche verde del mundo. Y otros, peor aún, viven retorcidos por efecto de uno de los filtros más mortíferos que conoce la sinrazón: la culpa.

Los quebrantos de amor son parte consustancial de la condición humana. El joven que ha ofrecido una boda fastuosa, pero que no puede costear; la mujer enamorada de un pobretón que no encuentra la comprensión de sus padres; el que no sabe si responder a su corazón o a su raciocinio; aquellos que no pueden más con sus secretos y sienten que el alma se les abre en una hemorragia de espinas; y también aquellos que a causa de sus decisiones sienten la mirada quemante de sus censores o sus rivales; la engañada, el desengañado y el defraudado; los que buscamos palabras de aliento y manoteamos para no ahogarnos en un vaso de agua, y todos los que quisiéramos que el amor no acabara aunque terminen los besos.

Que la inestabilidad y la inconstancia son las grandes máximas del amor es una regla que puede deducirse de las consultas y respuestas publicadas en la columna de María. Y que es en el conflicto permanente entre la identidad y la alteridad de los amantes donde se encuentra la llave (apenas una de las llaves) para aniquilar —y también para avivar— al huidizo amor. Pues para nuestra sorpresa, querida María, bien lo sabemos, el corazón se cansa de lo uniforme, incluso si es la felicidad.

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