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¿Quién gobierna en Guatemala?
Los micrófonos del poder



José Luis Sanz
jsanz@laprensa.com.sv
Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 9/7/2008

Jefe de Información de LA PRENSA GRÁFICA

Por un agujero del tamaño de un minúsculo micrófono de espía se desinfla la apariencia de Estado bajo la cual se sigue descomponiendo Guatemala. Kafkiano. Revelador. Todos sabíamos que el presidente Álvaro Colom tenía como principal desafío el de consolidar el poder de las instituciones por encima de la corrupción individual y los tentáculos del crimen organizado que desde hace años invaden su policía, su ejército, su Asamblea, que jalonaron los sucesivos Ejecutivos, que han entregado al narco una buena parte de Guatemala. Él mismo lo sabía. Sabía en quién confiar, que necesitaba, según sus mismas palabras en una entrevista dada a este periódico hace casi un año, “rescatar la autoridad”, devolvérsela al Estado.

“Y va a haber inteligencia, contrainteligencia... sobre toda nuestra gente. Quien venga conmigo sabe que los vamos a estar vigilando”, decía Colom en aquella ocasión. Y tenía razón, pero era él quien iba a estar vigilado.

Esta semana, tras descubrir que había micrófonos y cámaras ocultas en su despacho, Colom especuló: “Podría venir de las mafias, quienes están perdiendo sus contactos en este gobierno”. Talvez. Pero la supuesta probidad de su equipo, en entredicho ahora, es apenas el primer paso en el largo camino por recorrer. Al espiarle en su misma casa, las mafias de las que habla Colom están diciéndole en la cara que no le temen, que aunque lo crea no es él quien gobierna.

Porque Guatemala es desde hace años, y ese es el nudo que la propia sociedad guatemalteca parece no lograr encarar para deshacerlo, un país administrado pero ingobernable. La corrupción, la marginación étnica, la desarticulación geográfica, la falta de instituciones partidarias permanentes, dan como resultado un país en el que las asignaturas estructurales pendientes superan con mucho el alcance de las decisiones de un mandatario, y el de las políticas, por acertadas que sean, que puede aplicar una administración en cinco años.

Es duro mirar desde este lado de la frontera esa Guatemala desmembrada. Lo es porque la firma de un presidente de Guatemala en los contratos de un proyecto regional valdrá poco mientras no se refunde su sistema político y de seguridad. Y lo es porque el contraste con El Salvador, que pese a las gravísimas carencias y necesidades es un país de mayor solidez institucional y cohesión social, denuncia la incapacidad de nuestros gobernantes y partidos para aprovechar lo que el país vecino carece.

Para prosperar, Guatemala necesitará algo más que un presidente bienintencionado y decente: necesitará la reflexión y el compromiso de sus líderes públicos y privados, abundantes dosis de heroísmo colectivo y reformas profundas. El Salvador, en cambio, depende de su buen o mal gobierno.

En un país como Guatemala, en el que el presidente no es el hombre con más poder, la búsqueda del bienestar de sus ciudadanos depende en lo más inmediato de una cuestión de soberanía. En uno como El Salvador, en el que el funcionamiento eficiente de las instituciones depende esencialmente de la decencia, la inteligencia y el tesón de sus altos funcionarios, la falta de bienestar de los ciudadanos es únicamente una cuestión de ineptitud.