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Editorial
La financiación se vuelve cada vez más apremiante

Los desafíos que se hallan sobre el tapete afectan desde luego el día a día en el presente, pero también comprometen las posibilidades de funcionamiento del país en el inmediato futuro.


Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 10/8/2008

Como se hace evidente desde la realidad de las finanzas públicas y desde el análisis de diversos entendidos en las mismas, el tema del financiamiento está hoy en la primera línea de la atención y de la preocupación. En la raíz de toda esta problemática, crecientemente enturbiada por las contradicciones y los desencuentros partidarios, está la falta de entendimientos básicos sobre las necesidades financieras del Estado, tanto para cubrir compromisos existentes como para atender demandas inaplazables de inversión especialmente social. En el pasado no tan lejano, no había mayor problema para configurar las mayorías calificadas en la Asamblea para obtener préstamos externos; pero en algún momento de la Administración anterior se empezaron a cerrar las vías de contacto entre el partido gobernante y el principal partido de la oposición, y de ahí vino el entrampamiento, que se ha vuelto crónico.

El Estado no puede estar dependiendo de un financiamiento por goteo y por vías alternativas. Esto lo estamos viendo ya, cuando se dificulta la colocación de LETES y hay que hacer malabarismos para dar salida a gastos del giro normal de la gestión. Aunque aún no se ha entrado en una fase crítica al respecto, se podría llegar a ella de no construir lo más pronto posible bases de financiación que sean sostenibles en el tiempo.

Todo ello se complica por los problemas de liquidez que se avizoran, y que podrían agravarse a la luz de los traumas de la economía global. Esto nos toma en un momento de vulnerabilidad agudizada por el síndrome electoral, lo cual demanda tomar medidas correctivas y preventivas pertinentes y urgentes.

CUESTIÓN DE PRESENTE Y DE FUTURO

Estamos en el filo de unos comicios que pueden ser decisivos para el proceso nacional, y a la vez nos hallamos ante realidades tanto de pago de deuda como de necesidad de recursos para inversión que, como tales, no tienen color político.

Las decisiones electorales de enero y de marzo no van a cambiar por sí mismas el fenómeno real, pero, según como se manejen los respectivos resultados, podrían ser un factor de estabilización o de desestabilización. Esto último es lo que habría que evitar a toda costa, porque un ingrediente negativo semejante podría ser capaz de afectar a profundidad el proceso nacional.

¿Cómo prevenir que esto ocurra? Lo primero debería ser que las fuerzas políticas en competencia, cada quien por su lado o de común acuerdo —lo cual es altamente improbable dados los niveles de ansiedad que prevalecen— pudieran dar señales ciertas de que sus estrategias poselectorales no serán de guerra abierta sino de responsabilidad compartible. Los desafíos que se hallan sobre el tapete afectan desde luego el día a día en el presente, pero también comprometen las posibilidades de funcionamiento del país en el inmediato futuro. Y esto hay que subrayarlo con énfasis.

Es sumamente importante incorporar buenas dosis de racionalidad al tratamiento de toda nuestra problemática, tanto en los distintos niveles políticos como en los diferentes sectores económicos y sociales. Dadas las circunstancias, ya no es una cuestión opcional.