Muchos sintieron gusto cuando apareció el anuncio presidencial de dureza contra la delincuencia. Más tarde no bastó esa política. A continuación vino la súper mano dura. Al mismo tiempo llegó la campaña publicitaria, proclamando el triunfo inminente de las manos gubernamentales. De eso hace más de dos años. Ahora abunda la demanda de acciones efectivas contra las amenazas, las extorsiones y los asesinatos.
¿Fracasó la dureza? Si un par de años después de practicarla hay un reclamo generalizado hacia la actuación gubernamental, la respuesta es obvia. Las manos duras han fracasado. Hay, sin embargo, otros fracasos. La creencia en la efectividad de la represión cruda cuenta con muchos seguidores en el país, casi es una obsesión convertida en deporte nacional. La preferencia por los métodos basados en la fuerza, como solución ante los conflictos políticos o sociales, ha sido recurrente en El Salvador. Y los resultados, como se ve ahora, han tendido a empeorar las cosas.
Una fórmula que combina represión con leyes drásticas ha vuelto a quedar desacreditada. A menudo, y casi con candor, se ha asumido que basta el ejercicio implacable de la fuerza junto con la aprobación de nuevas leyes para salir de los atolladeros. Cuando se desata la obsesión represiva y legalista se repara poco en el cumplimiento de la ley. Entonces no importa la reducida efectividad legal, las dificultades judiciales o la falta de recursos policiales, pues pesa más la ansiedad por aumentar los delitos y las penas.
También ha fracasado la evasión y el silencio. Unos meses atrás imperaba el silencio: las extorsiones no existían en los discursos gubernamentales ni en los opositores. Las sufrían las personas dueñas de negocios, pero no tenían cabida en los medios de comunicación. Allí la mano dura era dueña de los espacios principales, mientras crecía la inseguridad en la calle.
De todas las fallas actuales quizás la mayor procede de un ejercicio político moldeado por la obsesión represiva, y proyectado por la publicidad. El círculo gubernamental deposita buena parte de sus expectativas en las técnicas publicitarias, pero estas, como puede comprobarse hoy, quedan como ficciones, porque promueven algo que no existe en la realidad diaria de la gente. Mientras la propaganda ha prometido seguridad, en los negocios y la vida cotidiana ha crecido la angustia por el delito de ayer y el de mañana.
Vivimos las consecuencias de la falta de políticas efectivas para contrarrestar la inseguridad. En especial, padecemos los hábitos heredados del autoritarismo, y dentro de ellos destaca la lejanía del gobierno respecto a la gente. Apenas hoy, a raíz de la crisis por la inseguridad, comienza a hablarse de comités ciudadanos contra la delincuencia. Por algo será que esas propuestas están surgiendo en los municipios, donde cuentan con el respaldo o el patrocinio de los gobiernos locales.
Ante todo, estamos metidos en una crisis de la sociedad. De entre nosotros ha salido el monstruo. Nadie lo trajo como virus maligno; el virus creció aquí, en relación con el exterior, pero alimentado por nuestra violencia histórica e irreducible. Y aquí habrá que buscar la solución. Las obsesiones no aportan mucho, como se ha visto; más importante es acudir al conocimiento especializado para descubrir que se puede presentar, con dignidad, a los violentos y contraponer ante los irremediables.