Cada vez estoy más convencido de que el peor padecimiento del mundo que está buscando sitio en la posbipolaridad —es decir, en esta era posterior al fin de la Guerra Fría— es la ausencia de visiones orientadas a la construcción de una sociedad más perfecta, o, al menos, ilusionantemente perfectible. Me he preguntado muchas veces por qué no hemos podido celebrar con la euforia histórica que era esperable el fin de una era en que se vivía bajo la amenaza cierta del holocausto nuclear, en la que todo estaba marcado por el espíritu descaradamente expansionista de las superpotencias y casi no había espacio de la realidad que no estuviera contaminado de perversidades ideológicas. Lo lógico sería que se pudiera respirar con entusiasta alivio la desintegración de las antiguas camisas de fuerza. ¿Por qué no pasa eso? Quizá porque en aquel mundo, pese a todos sus desajustes, descalabros y amenazas, había un combustible de alta intensidad, que se podría describir como la sustancia motora del espíritu de la época. Si bien el leninismo había estrangulado la ilusión marxista, ésta tenía suficiente fuerza para seguir viva. Si bien el capitalismo avasallador mantenía en capilla ardiente al liberalismo que estaba en su origen, la lucha por la libertad tenía fuerza suficiente para desplazarse por el campo minado.
Y estas no son simples especulaciones intelectuales. El fervor utópico —vestido de ciencia en el caso del marxismo y de pragmatismo idealizado en el caso del liberalismo— era durante todos aquellos sucesivos decenios parte natural de la vida. Natural y conflictiva a la vez, porque cada quien buscaba imponerse al otro con un método inexorable: la conquista del mundo. La bipolaridad, larvada desde el siglo XIX, revelada después de la Primera Guerra Mundial e instalada al cabo de la Segunda, producía suficiente combustión para mantener vivas las hogueras de la pasión social. Y, en esa atmósfera fantasmagórica y alucinante, todo podía pasar. Los comunistas se adjudicaban ser “los elegidos” de la Historia con mayúscula para culminar la profecía de Carlos Marx. Los capitalistas construían fortalezas económicas para probar y comprobar que las leyes de la Economía son aliadas innatas de la libertad.
¿Por qué la mundialización, que es un fenómeno englobador sin precedentes por venir aparejado a una revolución tecnológica que hasta hace poco hubiera sido inconcebible, no produce el entusiasmo heroico que veíamos por partida doble en los decenios anteriores a 1989? De seguro porque hay un evidente déficit de ilusión. El fin del comunismo abatió los prestigios de la utopía. Y no porque el comunismo fuera una utopía saludable, sino porque se apropió en forma tan pervertidora y excluyente de los anhelos de una sociedad superior que, al defondarse como posibilidad política, dejó un vacío anímico global que está ahí, como una deprimente deuda incumplida.
El fin del comunismo no trajo el “fin de la historia”, sino la enésima constatación de la ley del péndulo. Al implosionar la utopía atrapada en la pétrea fórmula del sovietismo leninista, no se le abrieron las puertas universales al sano liberalismo, que es la mejor plataforma de la libertad, sino que se pasó a construir el laberinto neoliberal, que tantas angustias viene instalando en el mundo.
Vivimos hoy una revolución tecnológica y comunicacional de proyecciones colosales, inimaginada hasta hace muy poco. Los “milagros” económicos han venido sucediéndose, y ahora mismo hay potencias emergentes y reemergentes —China, Rusia, India, Brasil— que nadie habría reunido como tales unos pocos años atrás. Motivos para sorprendernos del poder imaginativo de la historia hay de sobra. Sin embargo, lo que prevalece en el ánimo universal es más bien el conformismo histórico, con los efluvios depresivos que despide. Es como si todas las energías imaginativas estuvieran comprometidas con las fabulosas aventuras de la ciencia y no hubiera combustible disponible para la filosofía, cuando al fin y al cabo la filosofía es el campo natural para que arraiguen las ideas transformadoras más creativas.
Este fenómeno contrastante entre los dos esquemas de mundo que nuestra generación ha tenido el privilegio de conocer -y al decir “nuestra” hablo de la mía, la que vivió su niñez, su adolescencia y su primera juventud en los cincuenta, sesenta y setenta- no puede ser sólo efecto de una aceleración histórica mecánica. Son los contenidos de la realidad global los que marcan el ritmo de los tiempos, y tales contenidos, que por una parte responden al flujo energético de la evolución, por otra están angustiosamente huérfanos de inspiración visionaria. Esa orfandad es la que tiene a los procesos mundiales en situación de precariedad anímica. Es como si el alma de la época padeciera una anemia consuntiva de pronóstico reservado.
La mundialización constituye una oportunidad sin precedentes para organizar, en clave planetaria, la interacción de las culturas; pero sin la vitalidad esperanzada de los flujos sanguíneos universales, todo puede quedarse en el modelo de otra gran frustración. Necesitamos filosofía. Necesitamos utopía. Necesitamos nuevos sueños.
El impulso globalizador puede ser, paradójicamente, el enemigo íntimo de una real mundialización. Si la globalización logra imponer hegemónicamente sus criterios de competitividad superficial, que son desde luego indispensables para funcionar bien en los campos del intercambio económico, el avance mundializador se quedaría en fase infantil. Para que la mundialización se desarrolle tiene que darse la competitividad de las ideas, en el marco de la comprensión de las culturas. Lo que los tiempos demandan es lo que podríamos llamar un nuevo despertar filosófico, fresco y humanista. Sólo desde ese despertar es posible dirigirse hacia el horizonte de la humanidad renovada.