Si volviera a nacer, quisiera ser poeta; pero tan buen poeta que, cuando muera otra vez, el dueño del cielo me nombrara custodio del espacio que tiene reservado para los grandes poetas y músicos. Y como el cielo es eterno, mi felicidad también sería eterna.
Pasaría el día entero y, seguramente muchas noches, si es que hay noches en el cielo, saltando de nube en nube, escuchando a Beethoven. ¿Cómo fue que dijo mi hijo el Tío? “La Novena de Beethoven, en su tercer movimiento, es un enorme bouquet de flores de todos los colores posibles arregladas en una manera particular, la textura de los violines es de seda roja, y continúa así, de la misma manera: viéndola”.
Y después de cenar con Serguéi Rachmaninoff, si es que se come en el cielo, nos recostaríamos a disfrutar su Segundo Concierto para Piano y Orquesta, que siempre fue mi favorito, desde su primera hasta la última nota, en sus tres movimientos.
Si Nicolo Paganini me pidiera escoger de entre su inagotable biblioteca musical, le pediría que esta noche tocara en su Stradivarius La Campanella, de su concierto en Si bemol. ¡Cuánta sublimidad!
Los fines de semana, si es que hay fines de semana en el cielo, los dedicaría a lo que yo llamo música del recuerdo, sobre todo sentado en una mesa rodeada de las lindas mujeres, o algunas de ellas, porque fueron muchas, las del inmortal Agustín Lara (no pudo haber sido inmortal, porque si no, no estuviera aquí en el cielo).
Pablo Neruda, Amado Nervo, Rubén Darío y Roque Dalton nos regalarían un banquete de sus mejores obras, hasta embriagarnos de poesía, porque con lo otro no se puede en el cielo.
Neruda: Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría / amarte, amarte como nadie supo jamás / Morir y todavía / amarte más. / Y todavía / amarte más / y más.
Nervo: Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Enrico Caruso, Luciano Pavarotti y María Callas encabezarían un coro verdaderamente celestial. Yo le pediría a ella que nos cante “Sì. Mi Chiamano Mimì”. Y lo que nunca fue posible en este mundo, la cantaría en La Bohemia con Pavarotti, y en la escena final, con Mimi muriendo en sus brazos, arrancaría lo que en el cielo parecería imposible, lágrimas. Y lo que en la Tierra solo oímos en vetustos discos Víctor, de 78 revoluciones, hoy lo escuchamos en vivo (¿en vivo?). Caruso cantando “Vesti la Giubba”, de Pagliacci de Ruggero Leoncaballo.
Darío: Mas a pesar del tiempo terco, / mi sed de amor no tiene fin; / con el cabello gris, me acerco / a los rosales del jardín... Y cuando le cantó a Margarita DeBayle, Margarita está linda la mar.
Dalton: Tus manos largas y amantes /como un lirio traidor a sus antiguos colores; / tu voz, / tus ojos, / lo de abarcable en ti que entre mis pasos / pensaba sostener con las palabras. / Pero ya no habrá tiempo de llorar.
Los grandes maestros conductores de las mejores orquestas del mundo también ocupan un espacio privilegiado. Arturo Toscanini y Herbert von Karajan dirigirían para nosotros desde sus orquestas la Filarmónica de Philadelphia y su bienamada Berliner Philarmoniker.
En la eternidad no pasa el tiempo y otros vendrán a ocupar sitiales de honor en este espacio que custodio, para siempre. ¡Gracias, Señor! Lea mucho más sobre el tema; escuche la poesía, oiga la música y conozca a los grandes, hoy en mi blog: http://netorivas.blogspot.com. Le garantizo un domingo muy entretenido.