A punto de fracasar, la Cumbre de Bali sobre el Cambio Climático logró, a última hora, sacar un acuerdo de principios y de agenda, según el cual los países en desarrollo aceptan por primera vez emprender un esfuerzo para controlar las emisiones que están acelerando el calentamiento global, y los desarrollados se comprometen a iniciar de inmediato un esfuerzo para que en 2009 estén listas las bases de un acuerdo que regule los porcentajes de emisiones, así como a que sean verificables los apoyos financieros y tecnológicos para que los países no desarrollados puedan entrar en una efectiva línea de control. Justamente 10 años después del Protocolo de Kioto, que Estados Unidos no reconoció, se abre el camino hacia Copenhague, donde se celebrará la Cumbre de 2009.
El dramatismo que caracterizó el desenlace de la Cumbre de Bali pone en evidencia que esta es una temática que toca intereses de alta sensibilidad global. En la sesión definitoria, se enfrentaron de nuevo Estados Unidos y el G-77 más China. Cuando La Unión Europea y Japón se plegaron a la propuesta del G-77, a Estados Unidos —que había acusado a los menos industrializados de carecer de liderazgo para enfrentar este desafío mundial— no le quedó más que plegarse. El Secretario General de la ONU declaró que esto no era el final, sino el principio. Se creó un grupo de trabajo que, sobre las guías del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, prepare las bases de la Cumbre de 2009.
Nadie está del todo satisfecho con el consenso de esta Cumbre, y ese es el mejor signo de que algo básico se logró. Ahora habrá que construir un pacto que recoja la experiencia de Kioto y se asegure que nadie lo evite. El trabajo tiene que empezar ya.
DESAFÍO INSOSLAYABLE
No se consiguió en Bali el compromiso de reducción de emisiones entre un 25% y un 40% en 2020, en los países industrializados; pero tal aspiración quedó como nota de pie de página en el preámbulo de la declaración, que se remite al informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), según el cual, si no se quiere que las temperaturas globales se eleven más de 2 grados centígrados cuando sea la mitad de este siglo, la concentración de gases de efecto invernadero debe mantenerse en las 450 partes por millón. Por todos lados, pues, se van cerrando los portillos del desorden actual. Los hechos son demasiado dramáticos para ser ocultables.
En el caso de nuestro país, cada vez resulta más claro que se tiene que hacer mucho más para entrar en la vía de la real protección del medio ambiente. El Presidente de la República se acaba de comprometer ante la ONU a reducir de manera significativa las emisiones de gases de efecto invernadero, y urgen entonces las políticas para lograrlo. No tenemos una verdadera cultura de protección, y, por el contrario, con frecuencia se cae en el absurdo de dejar que el irrespeto al medio ambiente se vuelva una especie de incentivo empresarial perverso, como en el caso de las baterías Récord.
Hay actividades que conllevan procesos contaminantes, pero si hay un auténtico control legal e institucional de los mismos el mal se puede disminuir al mínimo. Esos controles son los que hay que asegurar sin ningún disimulo, complacencia o complicidad.