En la sesión inicial de la Academia Salvadoreña de la Historia, celebrada en la Casa de las Academias el 19 de enero de este año, el secretario de la entidad, licenciado Pedro Escalante Arce, después de dar a conocer el programa de actividades para 2008, nos mostró un libro valioso que trajo de España. Se trata de una publicación con fotografías históricas, entre ellas la camisa de Fernando Maximiliano de Habsburgo, fusilado en el Cerro de las Campanas, México, el 19 de junio de 1867, a las siete con quince minutos de la mañana, junto con los generales Tomás Mejía y Miguel Miramón.
En una charla informal, al concluir la sesión, varios miembros de la Academia, entre ellos Carlos Cañas Dinarte, Manuel Aguilar Trujillo, Roberto Gallardo, María Eugenia López y otros, comentamos aspectos de la llegada de Justo Armas a San Salvador.
Sobre ello, la tesis inicial es del arquitecto Rolando Déneke Sol, quien en su investigación sostiene que Justo Armas no era sino Fernando Maximiliano de Habsburgo, salvado del fusilamiento por voluntad de Benito Juárez, y vínculos de la masonería. La tesis del licenciado Pedro Escalante Arce, que también merece reconocimiento, es que, ciertamente, Justo Armas que murió en San Salvador, en 1936, era Fernando Maximiliano de Habsburgo, pero que fue fusilado con los generales Miramón y Mejía, como se establece con la fotografía de la camisa, que presenta orificios de bala, salvándose providencialmente de la muerte. Ese caso no es aislado, porque en El Salvador tenemos otro similar, que es el de Miguel Mármol, a quien entrevistó largamente Roque Dalton. Se concluye, entonces, que el Habsburgo se salvó no por obra de la masonería ni de las gestiones del papa Pío IX ni del gobierno de Estados Unidos, sino por los designios de la providencia, tan frecuentes por cierto.
La teoría de los investigadores Rolando Déneke Sol y Pedro Escalante Arce son merecedoras de estudio, para establecer la verdad sobre la llegada y estadía de Justo Armas, atractivo enigma salvadoreño.
Destaco, por mi parte, que los historiadores mexicanos, no se detienen a reparar en ese enigma y, antes bien, confirman el fusilamiento. Tal es la opinión del reconocido historiador Carlos Pereyra, que en su “Breve historia de América” (Primera edición /Madrid, 1930) dice: “Sometido a un Consejo de guerra, Maximiliano fue condenado a muerte y se le ejecutó con sus generales Miramón y Mejía, el 19 de junio de 1867”.
No obstante, hay un autor que narra interesantes datos de Maximiliano y de su esposa, la emperatriz Carlota. Se trata de Alfonso Toro, en su “Compendio de historia de México” (Editorial Patria /México, 1970).
Es en esta obra que he encontrado fotos y textos sobre la vida de Maximiliano y de Carlota, desde la aceptación del trono de México, mediante el pacto con su hermano Francisco José, emperador de Austria; el tratado de Miramar, la llegada a México, la dictación de leyes reformistas, la retirada del ejército francés y la locura de Carlota, hasta el proceso y fusilamiento de Maximiliano.
Para llegar a Justo Armas, es preciso estudiar a Maximiliano de Austria, especialmente como Emperador de México.