Cierto es que hay suficientes evidencias como para poner en duda el éxito de la educación actual, teóricamente basada en enfoques que se plasmaron primero en la reforma educativa de 1968 y continuaron con las oleadas sucesivas de la educación personalizada, las teorías constructivistas, el enfoque por competencias y el aula inteligente. Sin embargo, que lo de hoy no esté funcionando como debería no significa necesariamente que la educación “de antes” fuese mejor.

 

El primer fallo de la tesis nostálgica es que ignora la diferencia del contexto sociocultural. La cobertura educativa de mediados del siglo XX era muchísimo menor que la actual, tanto así que el solo hecho de ser bachiller ya constituía una notable y honrosa excepción. Hasta 1965 había una sola universidad, la Nacional, que podía seleccionar cuidadosamente a sus aspirantes, y la cantidad de profesionales era porcentualmente mucho menor que hoy en día. También hubo estudiantes que fracasaron dentro de aquellos parámetros y no hay datos que respalden la creencia de que su número haya sido menor al actual. La ilusión de esta supuesta época dorada puede fácilmente provenir del carácter fuertemente excluyente del aquel sistema, pues es mucho más probable obtener altos logros si solo se educa a un grupo relativamente pequeño de gente seleccionada.

 

Una segunda objeción contra esta idealización del pasado educativo tiene que ver con los métodos y las técnicas de aprendizaje empleados antaño. Es insostenible privilegiar el solo dictado y la memorización mecánica por sobre la comprensión lectora, la interpretación personal y la discusión de contenidos, pese a que su correcta implementación todavía presenta grandes retos; mucho menos razonable es evocar la disciplina del coscorrón, el reglazo, la bofetada y el chilillo como estrategias educativas válidas dentro del aula, aun cuando haya adultos mayores que digan: “De no ser así, no hubiera aprendido nada”.

 

Quienes aplican un criterio pragmático para descalificar la educación actual deberían evaluar la educación antigua a partir del tipo de persona que dichas instituciones sociales contribuyeron a formar. Hay elementos para sostener que la crisis estructural que tuvo su máxima expresión en la guerra de la década de 1980 también representó el fracaso del sistema educativo tradicional, no en lo que respecta a la transmisión de conocimientos teóricos sino en cuanto a los valores democráticos interiorizados, pues en dicho sistema se formaron los sujetos que condujeron al conflicto armado por la vía de la intolerancia, el dogmatismo y la represión.

 

Varios argumentos más pueden esgrimirse reconociendo fallos y aciertos de uno y otro modelo educativo, que no hay uno perfecto e incuestionable. Lo importante es, en cualquier caso, no caer en el simplismo del “todo tiempo pasado fue mejor”, cuando parece más una excusa para no involucrarse en la comprensión, crítica y aplicación razonada de la pedagogía contemporánea, no solo a escala docente sino también en lo que compete a padres y madres de familia.