Existen otros indicadores económicos y sociales que ayudan a mostrar el bienestar material de los habitantes del país, pero la gran mayoría de los habitantes, sobre todo de aquellos identificados con el tercer mundo, no alcanza a comprender el alcance de estos datos y ni tan siquiera les afecta, en manera alguna, que experimenten alzas o bajas.

En todo caso su situación se mantiene similar: en pobreza (relativa, extrema o extrema severa). Aunque muchos no lo creen, no se percatan de lo que ocurre en el país, cuando mucho, lo que pasa en su cantón, en su pueblo, o en su barrio.

En nuestra capital y en las principales ciudades del país, cada vez se advierten más mendigos en las calles en las cuales a diario transitan con mugre en la piel y andrajos de vestuario. Algunos la hacen de payasos y malabaristas antes de pedir una limosna. “Todo un sector informal”, diría un insensible recaudador de impuestos.

 

Hay otro ejército de salvadoreños de clase media baja que se quejan con el vecino, camino al estadio, en lugares de comida a la vista, de las muchas irregularidades y fenómenos que acontecen en El Salvador de hoy: Los que como hormigas y estoicismo se dirigen diariamente a su todavía lugar de trabajo. Abordan con gran esfuerzo esas armazones de hierro, de latas deterioradas y contaminadores del ambiente, que en su mayoría se asemejan a acordeones al pasarse de un carril a otro y sacan la vía eléctrica o la mano del conductor, cuando ya han ejecutado el viraje.

 

Otra faceta de nuestro diario vivir la advirtió un joven profesor español visitante, como parte de un programa de intercambio. Él me comentaba que transportarse en autobús en este país, abordarlos sin que se detengan y bajarse a tiempo, precisamente un instante antes que prosiga su marcha, vivo y con sus pertenencias, es parte del turismo de aventura de este país. En este ambiente, los salvadoreños que todavía laboran y pagan impuestos indirectos y los servicios de agua, luz y otros impuestos, se ven expuestos a la extrema violencia y delincuencia que a diario azotan al país.

Dirigiendo la vista hacia otro lado también puede afirmarse que la esperanza de vida en este país ya no depende de la edad, ni de la salud, sino también de un disparo callejero con viñeta o desperdigado; esta es otra versión de conflicto que se cobra más vidas que el que existió entre solamente dos bandos.

 

La pésima calidad de vida que se vive en la mayor parte de la zona urbana del país, en el cual los pobres no mueren de hambre y de frío, se mantienen desnutridos en un entorno en el cual, es cierto, sobreviven, pero tampoco se percatan de que los indicadores técnicos de los eventos especiales hace varios meses muestran un país en crisis; ellos conversan y conviven hace mucho con su innata calamidad. No tienen oportunidades dicen unos, no quieren trabajar dicen otros. Son adictos algunos. Son la pobreza en todo caso.

 

Como las golondrinas, gobiernos vienen, gobiernos van, pero el subdesarrollo perdura. Hay tantas vicisitudes en la vida cotidiana del salvadoreño de las zonas no residenciales, que su narración es un cuento sin fin.