Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

En junio celebramos a los padres, aunque ni siquiera nos acercamos al entusiasmo y esplendor con que celebramos a las madres el mes anterior. La razón es obvia: hay muchísimas más madres que padres, sobre todo en una cultura como la nuestra, donde el machismo impera y los machos, con inusitada frecuencia, le niegan el sustento a la progenitora de su vástago imperfectamente concebido. Afortunadamente, el legislador, en su sabiduría, ha tomado medidas para forzar a estos mezquinos individuos a cumplir con su paternal obligación.

En nuestro ambiente, la decadencia de la vida familiar resulta en la reducción de la función del padre. La falta de la influencia positiva del padre en el hogar se manifiesta en el incremento de violencia entre los jóvenes, los delitos juveniles, el aumento de pobreza y la falta de seguridad económica. Cuando se pierde el concepto de paternidad y se deja de entender el significado profundo de tener hijos, empieza a aparecer la delincuencia que nos azota, drogadicción, violencia, crimen, etc.

Mi visión de la paternidad implica mucho amor, comprensión, nutrición y apoyo. Creo que la función del padre es de toda una vida. Infortunadamente, es también una función que es asumida con poca o ninguna orientación, algo como un salto en la oscuridad. Ser un buen padre requiere entregarse a sus hijos sin reserva, protegerlos y, sobre todo, llenarlos de amor. Los hombres luchamos para acomodarnos a nuestro papel de padre, y anhelamos vernos reflejados en nuestros hijos, aunque, con frecuencia, esto sea imposible.

Paternidad es amor, es vigilar el crecimiento de nuestros hijos sin forzar un molde específico. Los hijos demandan amor, necesitan ser amados y tener un sentido claro de los valores de la vida. Guiarlos dentro de ese esquema es la mejor manera de ser padre, teniendo cuidado de solventar el obstáculo principal para entregarse enteramente a su papel de padre, el estereotipo dominante que los hombres debemos ser machos y desapasionados. Muchos de nosotros estamos prejuiciados respecto a lo que ser un buen padre requiere. Formar hijos es tarea difícil, hermosa, dedicada a forjar hombres y mujeres de éxito, saludables emocional y espiritualmente.

El amor es un arma poderosa que ayuda a corregir los errores que los hijos puedan cometer. El ser padre, al final, significa quién he sido y cuál debe ser mi función. La paternidad da al hombre el mejor objetivo que una persona pueda tener, guiar a un hijo o una hija hasta verlos convertidos en personas confiables.

En cuanto a ser un padre, aún con todos los desafíos que constantemente se presentan, es de cualquier forma la experiencia más importante y fantástica de la vida de un hombre. Pero hay que luchar contra la tendencia a ser un padre demasiado protector. Creo que es fácil ser protector pero es un obstáculo muy grande en el desarrollo del niño. Las cosas que he aprendido a través de los desafíos de la paternidad me han hecho una mejor persona. Una actitud positiva hace toda la diferencia del mundo, sobre todo en el trato con la gente con que se relacionarán nuestros hijos en el futuro.

No hay escuelas para padres, uno lo vive constantemente. Y el regocijo que eso genera es siempre mayor que el dolor de sentir que algo muy tuyo se desprende de tu alma. Pero solo entonces se sabe con plenitud, la maravillosa experiencia, regalo de Dios vivo, que es saberse padre.

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