El apoyo al artista nacional
Tras muchos años de observar, analizar y practicar diversas actividades artísticas locales, uno acaba detectando ciertos temas recurrentes que, con mayor o menor fuerza, aparecen en los foros de discusión y tertulias de quienes hacen literatura, música, teatro, etc.
Escrito por Rafael Francisco Góchez / Docente, escritor y músicoViernes, 17 septiembre 2010 00:00
Es menester preguntarse a quién o quiénes compete apoyar –entiéndase sostener– al artista. En nuestro medio, el clamor predominante ha sido el de creadores y creadoras que piden mecenazgos y subsidios estatales o privados, descartando la vía de la comercialización de sus obras con la sentenciosa observación de que aquí “de esto no se vive” (o, en el mejor de los casos, se vive con muchísima austeridad), cosa muy cierta salvo en el campo de la pintura. El problema intrínseco de esta exigencia es la selección de los beneficiarios, que siempre ha estado sujeta a favoritismos y discriminaciones.
De cara a la difusión pública de sus obras, la queja constante ha sido contra la prensa escrita, la radio y la televisión; tanto así que incluso ha habido propuestas orientadas a fijar por ley una cuota mínima de música nacional en la programación de las radioemisoras. En este tema, cuyo debate podría prolongarse más allá de la brevedad que impone este espacio, dos aspectos merecen comentarse: primero, el argumento de algunos directores y editores de medios que afirman deberse al gusto de su audiencia y programar lo que la gente pide, sin considerar la influencia que en dicho gusto ejerce el medio mismo, seleccionando y creando hábitos de consumo; segundo, que no siempre es la sola calidad artística de la obra la que le gana el derecho de aparecer en los medios: muchas veces hay factores extra estéticos que pesan más. Uno de los más fuertes es la cultura del amiguismo enquistada en todos los ámbitos de la vida nacional.
No obstante lo anterior, hay espacios mediáticos para la promoción y difusión del arte nacional, a los cuales se añade la poderosa herramienta de las redes sociales virtuales, capaces de convocar a un buen número de personas para un evento de tal naturaleza.
Sin quitar importancia o validez a los factores mencionados, es sostenible la tesis de que el principal bloqueo contra el arte nacional está en la reticencia del público a pagar por él. Sea cual sea el costo de libros, discos, obras teatrales, conciertos u otro producto artístico nacional, a la gente con alguna capacidad adquisitiva siempre le parece caro, aunque su monto equivalga a cualquier combo de comida rápida y aunque esas mismas personas acudan masivamente a conciertos de artistas foráneos sin discutir el valor del boleto ni, en ocasiones, el mérito mismo del personaje o banda.
Para justificar esta actitud se dice que el artista nacional no es profesional, pues generalmente desarrolla su actividad subsidiariamente, sin constante estudio y formación, trabajando en otros oficios no siempre compatibles y dedicándose a cultivar su talento creativo prácticamente como hobby o pasatiempo, a rachas y sin jugarse la piel en ello.
¿Pero cómo podría serlo si sus aspiraciones objetivas de vivir del arte son prácticamente nulas, aun cuando tenga los méritos para ello? El caso del cantautor Álvaro Torres, quien tuvo que emigrar a finales de los setenta en busca de reales horizontes musicales, es totalmente emblemático.
Es en este contexto y ante tal panorama que compete a los y las artistas de cualquier rama luchar e imponerse contra hábitos y prejuicios culturales, a base de trabajo, pulimento y –¿por qué no decirlo?– algo de cara dura, por la justificada necesidad de autopromoverse. Ojalá y llegue el día en que no se diga “apoyemos al arte nacional” con actitud compasiva, y en cambio la gente lo apoye concretamente en su valor de mercado; eso sí: más por ser de calidad que por ser nacional.
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