La comunidad hispana en la encrucijada
La desilusión de los hispanos con los demócratas y su rechazo a los republicanos es comprensible, pero no votar en noviembre sería un terrible error. Reduciría nuestro poder lo que llevaría a menos victorias de candidatos hispanos y menos políticos que defiendan nuestros intereses.
Escrito por Jorge Ramos ÁvalosDomingo, 24 octubre 2010 00:00
Para los hispanos en Estados Unidos, este es un momento sumamente complejo.
Somos muchos –más de 48 millones según la Oficina del Censo de Estados Unidos–. Pero, si somos tantos, ¿por qué no tenemos más poder político? Solo tenemos un senador en el Congreso, el demócrata Robert Menendez, de Nueva Jersey, así que carecemos de la influencia que merecemos en Washington.
Es verdad que ambos partidos políticos nos han decepcionado. Muchos hispanos se sienten frustrados por el presidente Obama, quien no cumplió su promesa de impulsar una reforma migratoria durante su primer año en la Casa Blanca. Y también están enojados con el Partido Demócrata en general por no tener el valor político para votar por una reforma migratoria, sea en el Senado o la Cámara de Representantes.
Los hispanos están irritados con los legisladores republicanos, quienes este año apoyaron las leyes antiinmigrantes en Arizona, votaron contra la iniciativa de Ley de Desarrollo, Ayuda y Educación para Menores Extranjeros –que pudo haber ayudado a unos 800,000 estudiantes indocumentados a obtener la ciudadanía– y presionaron para que se privara de la ciudadanía estadounidense a los hijos de inmigrantes indocumentados. Pero, aunque unos 10 millones de hispánicos votaron en 2008, es casi seguro que ese número será menor este año: enfrentados al dilema de votar por uno u otro partido en las elecciones intermedias del 2 de noviembre, demasiados de ellos decidirán quedarse en casa. Solo 51 por ciento de los votantes hispanos dijo que votará en esas elecciones, según una encuesta del Pew Hispanic Center. En contraste, 70 por ciento de todos los votantes registrados en Estados Unidos dijo que sí va a votar.
Además de la falta de influencia política, otro problema que enfrentamos es definir exactamente lo que deseamos. Las encuestas muestran que nuestras prioridades son: tener un trabajo decente, buenas escuelas para nuestros hijos y seguro médico. Pero la meta más importante para los hispanos ha sido la reforma de las leyes migratorias para otorgar finalmente la ciudadanía a los 11 millones de personas indocumentadas que hoy viven en Estados Unidos. Desafortunadamente, nuestros esfuerzos han logrado exactamente nada, y durante el decenio pasado, todos los intentos relacionados con este tema han fracasado.
El presidente George W. Bush estaba trabajando para lograr la reforma de las leyes de inmigración en agosto de 2001, pero, después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, las prioridades cambiaron. Cuando el esfuerzo en favor de la legislación inmigratoria se revivió en 2007, sus partidarios en el Senado no pudieron conseguir siquiera los 60 votos necesarios para debatir la propuesta. En septiembre de este año, una vez más, tampoco se obtuvo en el Senado el apoyo mínimo para debatir legislación relacionada, en esta ocasión, con el Dream Act.
Las encuestas políticas muestran que los republicanos probablemente ganarán varios escaños en la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones intermedias del mes entrante –y esto podría significar que la reforma inmigratoria total, o cualquier intento de aprobar leyes que beneficien a los inmigrantes indocumentados, podrían enfrentar un bloqueo, cuando menos por ahora.
Así que debemos ser prácticos y aceptar que no habrá reforma sin el apoyo republicano. Es necesario encontrar un terreno común con el GOP y refinar nuestro enfoque para crear un plan viable. Dado que la prioridad es legalizar a los que ya están aquí –para proteger sus derechos y para que vivan libres de miedo y persecución– quizá lo indicado sea un plan congresional en dos partes. En la primera etapa presionaríamos para una votación que ofreciera un estatus estable y legal para los inmigrantes, y durante la segunda etapa, años después, buscaríamos la ciudadanía estadounidense para aquellos que cumplan todos los requisitos. No es la mejor solución posible, pero algo como esto podría ser políticamente aceptable en el futuro cercano.
Sospecho que si preguntáramos a los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos si aceptarían una legalización sin ciudadanía como primer paso, la mayoría diría que sí. Entiendo perfectamente que no queremos en Estados Unidos a ciudadanos de segunda clase. Pero si ahora no podemos conseguir la “enchilada completa” –como solía decir el ex secretario de Relaciones Exteriores de México Jorge Castañeda– entonces hagamos esto en etapas. Poco a poco.
Hoy, la comunidad hispana se encuentra en una encrucijada mayúscula. Pero la forma en que enfrentemos nuestra falta de poder político y la dura situación de millones de inmigrantes indocumentados determinará nuestro futuro –y, en última instancia, el de Estados Unidos.
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