ipalvarenga@telemovil.net

Hace poco, Geovanni Galeas se refirió al fallido golpe de Estado del 2 de abril de 1944 y a la Huelga de Brazos Caídos de mayo, el más grandioso movimiento popular del siglo pasado, que hizo renunciar al tirano Maximiliano Hernández Martínez, dirigido por un comité secreto integrado, según Galeas, por los después doctores Reynaldo Galindo Pohl, Fabio Castillo Figueroa y Carlos Bustamante.

En cuanto lucha popular para derrocar un gobierno, segunda en importancia y magnitud, después de la del 44 fue la de agosto-octubre de 1960. La presidencia del coronel Óscar Osorio, 1950-56, se había caracterizado por la persecución, incluyendo cárcel, tortura y destierro, contra ciertos opositores, por la imposición y el fraude electorales, por los derroches y corrupción en los fondos públicos, que abundaban gracias a los altos precios del café y otras materias primas como el algodón, y sobre todo la demagogia de la “Revolución” como se llamaba al golpe de Estado que destronó al general Castaneda Castro, abriendo paso al osorismo y su Partido Revolucionario de Unificación Democrática, PRUD, contra los que el pueblo sentía un nauseante cansancio.

En las “elecciones” de 1956, Osorio impuso como presidente a su ministro del Interior, coronel José María Lemus. Este tomó algunas medidas democratizadoras como derogar la odiada Ley de Defensa del Orden Democrático y Constitucional y dejar regresar a quienes Osorio había exiliado en la represión de 1952.

Económicamente el país se desmejoraba por la baja de los precios del café y otros factores que creaban tensión en el campo, para contrarrestar la cual, la Iglesia católica, plenamente identificada con la derecha y el gobierno, creó agrupaciones de campesinos llamadas Caballeros de Cristo Rey, luego transformados en bases de organizaciones de izquierda, incluso de la guerrilla, cuando la Iglesia en su mayoría se pasó al extremo opuesto.

El 15 de agosto, trajo a San Salvador a miles de ellos que hizo desfilar y luego reunió en la plaza Libertad, donde empezó un espectáculo patético. Por más que agitadores los querían incitar a vitorear a los oradores, la masa permanecía en silencio. Al final del mitin se desparramaron por toda la ciudad. El regreso había sido pésimamente planeado y miles deambularon como “tonto en feria” sin saber qué hacer. Habían sido groseramente engañados.

Al día siguiente, los estudiantes universitarios, que constituíamos la principal fuerza de

oposición, convocamos en la misma plaza a una concentración que alcanzó proporciones gigantescas.

El gobierno se aterrorizó y descontroló. Esa misma tarde empezó a capturar líderes políticos y sindicales que pronto fueron desterrados. Decretó la Ley de Reuniones Públicas que, entre otras disposiciones represivas, exigía un permiso policial para realizar cualquier manifestación popular. Los estudiantes decidimos desafiarla. Llamamos a otra demostración que empezaría en la Facultad de Medicina, el edificio frente al Hospital Rosales conocido como la Rotonda por el anfiteatro para lecciones de anatomía que tiene al centro. Desde antes de la hora señalada, la Policía rodeó las instalaciones y ocupó varias manzanas alrededor. La gente enardecida pugnaba por atravesar las filas policiales, pero era rechazada. Algunos estudiantes de medicina fueron capturados y metidos en ambulancias de la Policía que el pueblo llamaba “palomitas”. Cuando los agentes empezaron a cargar contra los que estábamos frente a la facultad, varios centenares nos encerramos en esta y allí pasamos la noche circundados por las fuerzas del “orden”.

Ese fue el inicio de la caída de Lemus.