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Cómo y dónde ayudar

Escrito por Rafael Francisco Góchez
Viernes, 10 diciembre 2010 00:00
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Hace algunos meses conocí, por medio de mi hija universitaria, a un joven de carácter más bien silencioso. No es el tipo de chico que uno suele ver arengando a sus coetáneos. En sus aficiones, que me parecieron en general sanas, no vi cosas que lo etiquetaran como nerd ni “ratón de biblioteca”, si bien dedica notables energías al estudio. De sus adhesiones a partidos políticos locales no dejó saber mucho, que si no las tuviera muy marcadas en todo caso sería un punto a su favor. En resumen: es un buen muchacho; bastante normal, si se quiere añadir un calificativo en el buen sentido del término. Pero hay un detalle que lo hace distinto y especialmente valioso para El Salvador.

Estoy seguro de que las y los jóvenes salvadoreños han escuchado bastantes discursos, llamados y exhortaciones en pro de la solidaridad, de tal modo que prácticamente nadie dice estar en desacuerdo con apoyar moralmente las causas nobles y emitir comentarios en tiempo condicional y sujeto impersonal, del tipo “sí, deberían hacer tal o cual cosa”.

Ateniéndonos al dicho más que al hecho, el punto de partida para cualquier campaña humanitaria sería ampliamente favorable, pues aquello que ya está en la mente ha ganado el primer y principal requisito para existir. Sin embargo, no es tan fácil como decirlo el pasar a la acción concreta, bien sea porque se cae con frecuencia en el dudoso paradigma de que el Estado o el Gobierno debe encargarse de todo, como si no existieran la iniciativa y la acción ciudadanas; o acaso porque los prejuicios, mitos, ocupaciones y desocupaciones cotidianas nos hacen eludir, o prestar oídos sordos a ciertos llamados.

Volviendo al joven aludido, por su perfil de Facebook supe que ha estado en algunos campamentos de voluntarios de la fundación Un Techo para Mi País, brindando parte de su tiempo y esfuerzo en la construcción de viviendas de emergencia para gente necesitada. Al preguntarle sobre el tema, mientras departíamos en la sala familiar, respondió muy de acuerdo con su modo de ser, es decir, con pocas palabras y sin presunciones ni vanaglorias, quizá porque lo más importante de esta acción es el resultado concreto, tangible y beneficioso, de lo cual necesitamos mucho, mucho más.

Hoy en plenas vacaciones escolares de fin de año hay un ejército de jóvenes de sectores medios, con edades que rondan los dieciocho años, a quienes el progreso humano y su relativa estabilidad económica familiar les beneficia una vez más con el ocio, tiempo libre que si sabe emplearse bien puede convertirse en un magnífico don. Tal circunstancia coincide con la campaña de la Fundación Un Techo para Mi País a fin de posibilitar la construcción de doscientas viviendas del 16 y el 21 de diciembre, actividades para las que necesitan un mil jóvenes voluntarios y voluntarias dispuestos a enlistarse y hacer algo de beneficio social.

Según datos ofrecidos por los organizadores, Un Techo para Mi País ha construido casi dos mil casas que han beneficiado a igual número de familias de escasos recursos durante la primera década del siglo XXI. Según se vea, esto puede considerarse que es mucho o muy poco, pero en cualquier caso es una causa en la que es posible y vale la pena involucrarse; tanto por el alivio que una vivienda digna supone para quienes ahora viven en condiciones precarias, como también por la dignificación de la propia vida a partir de la certeza de que uno ha dado algo en retribución de lo recibido.

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