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Con frecuencia nos enteramos de situaciones que hacen pensar que a algunos seres humanos se les está haciendo difícil integrarse a un mundo respetuoso de los derechos de las personas. Las noticias nos informan que un legislador norteamericano al preguntar si un programa de salud para niños verificaba la ciudadanía de los infantes, se le respondió que el gobierno federal no lo permitiría, pues en el caso de la atención prenatal, todo niño nacido en Estados Unidos es ciudadano americano, a lo que desafortunadamente respondió que eso significaba que los migrantes podrían multiplicarse como las ratas. Fueron declaraciones que defensores de los derechos de los inmigrantes calificaron como imperdonables.

En otras ocasiones se ha comentado que esta retórica deshumanizada es frecuente en programas de radio y TV en las campañas electorales, en donde se usan imágenes de jóvenes de aspecto hispano, para criticar a los rivales políticos que se han propuesto ayudar a los mismos si ganan determinada elección.

La intolerancia se define como falta de habilidad o voluntad de tolerar algo. En un sentido social o político la intolerancia resulta ser cualquier actitud irrespetuosa hacia las opiniones o características diferentes de las propias. Y tolerar no significa renunciar a las convicciones personales, a su defensa y a su difusión, sino hacerlo sin recurrir a imposiciones violentas.

Necesariamente la tolerancia debe indicar ausencia de violencia física o de otra índole, en relación con opiniones diferentes o equivocadas y debe expresar una disposición de ánimo a través de la cual se acepta, sin mostrarse contrariado, que otro profese una idea o una opinión distinta a la nuestra. La educación sigue jugando un papel importante en la transmisión de este mensaje, puesto que es el principal elemento de socialización en cualquier tradición cultural. La historia de la humanidad está plagada de guerras, confrontaciones bélicas y asesinatos de personajes valiosos a causa de la intolerancia económica, religiosa, racial o política, que ha sido la principal causa de estos dolorosos acontecimientos. En nuestro país, y como consecuencia del pasado conflicto, este antivalor ocupó un lugar especial en el desarrollo de las acciones bélicas que tanto dolor causaron a la población. Además, dentro de la intolerancia la xenofobia ocupa un lugar preponderante, consiste en un prejuicio arraigado en el individuo y en la sociedad, que se manifiesta con la indiferencia, la falta de empatía hacia el extranjero, llegándose a la agresión física y hasta al asesinato contra los no nacionales.

Tenemos que entender que para derrotar a la intolerancia se deben respetar los derechos y las libertades de los demás, reconocer y aceptar las diferencias individuales entre las personas y entender que ninguna cultura, nación o religión tiene el monopolio del conocimiento de la verdad.

Deben eliminarse el racismo, es decir, la creencia de que hay razas superiores a otras; el nacionalismo extremo como creencia de que una nación es superior y tiene más derechos que las demás; la hostilidad religiosa, que da poder o favorece a las personas cuyo credo está oficialmente considerado como la única interpretación auténtica de la verdad religiosa o espiritual.

Solo de esta manera podremos vivir en un mundo libre de confrontaciones para que la vida en el planeta sea más digna y justa.