1932
“Era, entonces, el sino de la raza, la facción que fuera escogida como víctima propiciatoria.”
Escrito por Ana EscotoDomingo, 29 enero 2012 00:00
La repunta, de Salvador Salazar Arrué.
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Enero se me hace un mes especial. Cada año que inicia nos debería obligar a recordar quiénes somos como salvadoreños. Tenemos muchas efemérides. Tenemos el inicio de la guerra (la ofensiva final del 10 de enero y que explica la toma de la Catedral).
Tenemos el final de la guerra, los veinte años de los Acuerdos de Paz el 16 (y la posterior firma del perdón y olvido el 23 de enero con la Ley de Amnistía).
Pero vamos un poco antes. Hace ochenta años. Porque “todos nacimos medio muertos en 1932”, como dice Roque.
Sin entrar a la discusión de los criterios para establecer la pertenencia a un grupo étnico en las estadísticas, tomemos los datos oficiales. Según el VI Censo de Población y V de Vivienda de 2007, la población indígena no llega ni por cerca al 1% de la población pues se trata de 13,310 personas (0.23%); quiere decir que por cada mil salvadoreños hay dos indígenas.
Somos, por otro lado, una nación mestiza (86.3%), además la población “blanca” es el segundo grupo étnico y es prácticamente 55 veces la población indígena.
Cuando hablo de El Salvador y comento estos datos entre otros latinoamericanos, se sorprenden. ¿Cómo es que no tienen población indígena? Pues los mataron, digo. Me ven incrédulos. Y digo y los que quedaron vivos se ladinizaron. Porque a nadie se le imagina que en un país tan cercano al sur de México y a Guatemala, donde hay un componente étnico tan fuerte, haya un país tan blanco.
“30,000 es la cifra no oficial”. Continúo mi relato. Y me ven y no saben qué decir. Y sí fue una masacre. Porque la versión oficial es que se murieron como 300 comunistas.
¿Que quién fue? Un dictador. ¿Hubo dictadura en El Salvador? Sí. El general Maximiliano Hernández Martínez recién había dado golpe de Estado a Araujo. Para entonces el censo de 1930 reportaba que los denominados “indios” eran 79,573 (un 5.6% de la población), cifra recolectada en una época en que ser indígena era algo peligroso.
Y sí, algo más que todo eso, nos mataron en 1932.
Y quizás ni siquiera reflexionamos sobre ello con suficiente ahínco. Y es que si de por sí cuesta recordar masacres de hace veinte años, 1932 suena aún más a pasado. Y por Dios, hay que dejar el pasado en el pasado, no hay que reivindicar nada. Porque ya vivimos en el presente. ¿Se nos debe de olvidar una insurrección campesina de gente que estaba luchando por sus condiciones de vida? ¿Acaso los problemas que llevan a las insurrecciones no se han repetido y se siguen repitiendo?
Aunque aún no hubiésemos nacido. Es una manera de entender el mundo que se nos heredó. Así callada, la historia –y su negación– nos configura una gama de colores escasa. Y pudiendo ver a colores, decidimos el blanco y negro.
A lo mejor dirán, no somos indígenas. Pero hay que preguntarnos por qué no lo somos. Y además qué otras cosas estamos dispuestos a ya no ser en el futuro.
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