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Ya no nos quejemos de la violencia: hagamos lo necesario para erradicarla

Desde luego ya no hay tiempo que perder, porque la realidad está aquí a diario, mostrando sus uñas y sus dientes.

Escrito por GN3
Viernes, 03 febrero 2012 00:00
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Cada día, la violencia hace de las suyas en el ambiente. Homicidios a granel, masacres que se suceden cada vez con más frecuencia, la extorsión convertida en industria, el sicariato en acción, el narcotráfico y otras formas de crimen organizado en el centro de toda esta problemática, las pandillas como fenómeno antisocial que se vuelve cada vez más delincuencial. Todo esto se ha ido volviendo una turbulencia que con gran facilidad se convierte en torbellino. Y el resultado más visible es que la criminalidad ha tomado la delantera mientras la institucionalidad va a la zaga. Este es el angustioso contrasentido que padecemos.

Ante ello, va en aumento la queja y el reclamo de la ciudadanía, y la respuesta institucional viene concentrándose en el anuncio de iniciativas que buscan responder a lo inmediato sin calar en lo estructural. Está comprobado hasta la saciedad por la experiencia de tantos años de inseguridad galopante que los enfoques circunstanciales, oportunistas y dispersos no llevan a nada, salvo a una creciente frustración ciudadana y a un continuo desgaste de las entidades encargadas de combatir el crimen y de garantizar el imperio de la legalidad. No es de extrañar, entonces, que haya tanta urgencia por implantar tratamientos que lleven a soluciones.

Ahora se abre otra oportunidad de hacer variar el rumbo de lo que ha venido siendo el desempeño gubernamental en este campo con los recientes nombramientos en el área de Seguridad. Se está hablando, por ejemplo, de coordinar el trabajo de las tres estructuras de inteligencia: la policial, la militar y la del Estado. En lo que se refiere a la inteligencia policial, es evidente que se necesita ponerla a la altura de los desafíos cada vez más audaces y despiadados de la criminalidad, en especial la organizada. Hasta el momento, prácticamente nada fundamental se ha hecho contra la organización del crimen, y las consecuencias de esa falla son abrumadoras. El crimen, en todas sus dimensiones y expresiones, usa cuantos recursos halla a su alcance: económicos, sociales, tecnológicos y de intimidación en el terreno. Las cárceles se han vuelto centrales de la comunicación criminal. Las pandillas se esparcen sin que hasta ahora las medidas de contención sean capaces de ponerle frenos a su accionar. Ni siquiera el sistema escolar ha escapado a esta ofensiva sin tregua. Y si es tan claro que lo que se ha venido intentando y haciendo hasta la fecha no ha producido resultados que hagan posible revertir esta ola imparable, lo procedente es reorientar toda la estrategia tanto institucional como social.

El éxito de lo que pueda hacerse en este campo desde las entidades competentes a partir de ahora dependerá de que sea posible –y en efecto lo es, siempre que el espíritu de entendimiento se imponga sobre las diferencias y las bravatas de ocasión– construir un proyecto de trabajo que abarque a todos los que deben estar: el Órgano Judicial, el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, la Policía Nacional Civil, la Fiscalía General de la República, el Ministerio de Educación, la Fuerza Armada, la Dirección de Centros Penales, el Organismo de Inteligencia del Estado. No hay que olvidar que la criminalidad siempre tiene raíces profundas y extendidas en el cuerpo social.

Desde luego ya no hay tiempo que perder, porque la realidad está aquí a diario, mostrando sus uñas y sus dientes. Si la institucionalidad quiere hacer su trabajo a cabalidad, y es lo que por obligación le corresponde, debe comenzar el reciclaje y la renovación ahora mismo.

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