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Hay que vivir la política sin caer en sus maleficios

De aquí en adelante, tanto la escogencia de candidatos como la elección de entre los mismos tendrían que partir de un componente comprobado de idoneidad personal integral, que vaya mucho más allá de las popularidades circunstanciales y superficiales.

Escrito por David Escobar Galindo
Sábado, 04 febrero 2012 00:00
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degalindo@laprensagrafica.com

Todo lo que está relacionado con el poder es proclive a las más grotescas y a las más sutiles perversiones, porque toca una de las redes nerviosas más vulnerables de la naturaleza humana: la de la satisfacción de apetitos por la vía de la dominación. Los sistemas políticos han ido surgiendo a lo largo del tiempo en directa relación con el fenómeno del poder, bien para servirle como vehículo obediente, bien para encauzarlo en las disciplinas del control. Y como el poder es absolutista por tendencia espontánea, cualquier regimentación limitadora del mismo constituye, de entrada, una disciplina difícil de imponer y más difícil aún de sostener. Esto es constatable sin dificultad a lo largo del devenir histórico, en todas partes. No es de extrañar, entonces, que la experiencia democratizadora sea un ejercicio heroico, también en todas partes.

Partamos de un hecho evidente sin necesidad de comprobaciones adicionales: la política es una actividad indispensable e inevitable en cualquier ejercicio de comunicación o de interacción social. Hay política hasta en las relaciones familiares. Pero donde más se manifiesta el hacer político es en el manejo de sociedad nacional, cualquiera que ésta sea y en cualquier tiempo de que se trate. Es la política en función de ganar posiciones dentro del aparato del poder público la que más se hace sentir como expresión del ansia dominadora del ser humano. Y dominadora en una multiplicidad de frentes, que, en el ámbito de lo más peligroso y negativo, van desde el despliegue fantasioso del ego hasta el aprovechamiento de posiciones para beneficio personal. Desafortunadamente, el poder y la política casi siempre se coaligan para lo vicioso, en vez de aliarse para lo virtuoso.

En nuestro país, la experiencia histórica del hacer político en vez de ser aleccionadora en el sentido positivo lo es por su efecto contraproducente. Y esta es una lección que nadie debería ignorar, porque al hacerlo se está promoviendo la perpetuación, al menos en forma de resabios contaminantes, de las distorsiones que eran lo natural en el pasado. Durante muchísimo tiempo, prácticamente durante todo nuestro devenir desde la Independencia y en especial en las sucesivas etapas de la contemporaneidad, la política fue un instrumento dócil del autoritarismo. Hace tres décadas, la opción democratizadora trajo la posibilidad de superar el predominio autoritario para pasar a la competitividad democrática real. A ese tránsito —aún muy incompleto e inconexo— tendría que dedicársele un esfuerzo compartido en serio por todas las fuerzas nacionales.

La política nunca es abstracta, salvo en las lucubraciones de los teóricos de la misma. Su ser es concreto por naturaleza. Se hace en el diario vivir, y en él se justifica. Dentro de la lógica democrática, el gestor principal de la política debe ser el conglomerado que se expresa como ciudadanía. Aunque son condiciones que se superponen, ser ciudadano no es lo mismo que ser nacional. El nacional es el que pertenece formal y existencialmente a un conglomerado nacional; el ciudadano es el nacional que ejerce los derechos y asume los deberes de la pertenencia nacional. Los salvadoreños hemos sido nacionales de El Salvador, pero nos falta mucho para funcionar como ciudadanos de El Salvador. Y hacer ese tránsito es lo que la democracia no sólo posibilita mejor que cualquier otro régimen de vida, sino que demanda de manera inexcusable.

En dicho tránsito, el vehículo más idóneo debe ser la política. Y para que la política opere como vehículo ad hoc hay que estar en constante guardia frente a los maleficios que con tanta facilidad se le desarrollan, a partir de la inmediatez permanente de ese foco de vicios y perversidades que es el poder. No vamos a cambiar la naturaleza intrínseca del poder, ni sus invasores oficios en la psique de los poderosos; pero sí es posible y necesario contar con un esquema de salvaguardas y controles, que hagan el trabajo de contención, de disuasión, de seguimiento y de persecución de aquellos que transgredan el fiel cumplimiento de sus deberes, en cualquier nivel de responsabilidad en que se encuentren. En otras palabras, para que la política sea lo que debe ser en los hechos tiene que someterse a una permanente y efectiva contraloría moral y legal.

La ciudadanía está cada vez más consciente de ello, y esto se manifiesta de múltiples maneras. Pero hay que pasar de las quejas, los reclamos y los rechazos al plano de las acciones que conduzcan a resultados. De aquí en adelante, tanto la escogencia de candidatos como la elección de entre los mismos tendrían que partir de un componente comprobado de idoneidad personal integral, que vaya mucho más allá de las popularidades circunstanciales y superficiales. Esta es una de las grandes lecciones que nos va dejando la marcha del proceso nacional.

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