No maten al mensajero
Escrito por Luis LaínezDomingo, 05 febrero 2012 00:00
llainez@laprensagrafica.comTwitter: @LLainezLPG
En tiempos antiguos, los reyes y la nobleza comunicaban sus noticias a través de emisarios. Ser parte de este grupo era un dudoso honor. Su suerte, e incluso su vida, dependía del mensaje que llevaban.
No podían abrir el mensaje. Hacerlo equivalía a firmar su sentencia de muerte.
El destinatario era el único que podía conocer el contenido del mensaje. Y, solo entonces, el mensajero conocía su suerte. Si eran buenas noticias, podía recibir unas simples gracias, una copa de vino, un exquisito anillo o algún otro regalo, de acuerdo con la generosidad del hombre que recibía el mensaje.
Pero si eran malas noticias, podía ser azotado, enviado a las mazmorras más húmedas del castillo o, incluso, decapitado o ajusticiado de cualquier otra horrorosa manera.
En estos tiempos de campaña electoral, los medios de comunicación mantenemos nuestro compromiso de informar. LA PRENSA GRÁFICA creó hace años una unidad de análisis, LPG Datos, para poder presentar las mejores encuestas y sondeos de opinión.
Cada una de ellas lleva el respaldo de años de experiencia y de un método científico que permite presentar la mejor representación de la sociedad salvadoreña.
Así que solo se trata de presentar el mensaje que está ahí, de extraer con la mayor credibilidad posible los datos que reposan en la población y que conforman la opinión pública.
Es una tarea muy agotadora y costosa. Implica poner en marcha a un equipo numeroso y muy bien capacitado y escoger lugares que sean representativos de todo el país.
Así que cuando surgen políticos diciendo que las encuestas son instrumentos políticos para incidir en la campaña electoral, no hay más que decir que hay que saber entender los resultados que provienen de un sondeo. Hay que tomar los datos conforme a su origen.
LPG Datos, por ejemplo, tiene un prestigio ganado con esfuerzo. Sus datos son fiables y certeros, lo cual es comprobado a lo largo de los años.
Otras casas encuestadoras, en cambio, no tienen el mismo linaje. Surgen en una coyuntura política y sirven a un fin específico. Si no son serias, sus resultados tampoco lo serán.
Los periodistas deben saber tomar en cuenta el quilataje de una casa encuestadora para de verdad tomarla como una fuente digna. Si no, se corre el riesgo de declarar ganadores a candidatos que han quedado en segundo lugar. Ya ha pasado y esos errores marcan de por vida.
Otra cosa es que las condiciones cambien y los resultados se modifiquen de manera drástica. Así pasó en España después de los atentados de Al Qaeda, en represalia por participar en la guerra en Afganistán. Caro lo pagó el político que dijo que había sido ETA.
En Nicaragua, se dio un fenómeno curioso. En las elecciones de 1990, la mayoría le daba la victoria a Daniel Ortega, pero ganó doña Violeta Barrios viuda de Chamorro. Lo llamaron el efecto del “güegüense”, en referencia a una práctica cultural nicaragüense de decir una cosa pero pensar en otra.
Pero, en circunstancias normales, las encuestas no son más que reflejos de la opinión pública en un momento determinado.
No hay por qué matar al mensajero si trae malas noticias. Lo mejor sería que los partidos modifiquen sus estrategias políticas.
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