A mi Padre
El siguiente es un discurso pronunciado durante el servicio memorial en honor del doctor Héctor Ricardo Silva Argüello, el 2 de febrero de 2012 en Washington, D.C., Estados Unidos.
Escrito por Héctor Silva ÁvalosDomingo, 05 febrero 2012 00:00
herisav@hotmail.com / Twitter: @HsilvAvalos
Buenas tardes.
En nombre de mi familia, mi hermana Claudia y su esposo Clandio, mi querida esposa Karla, nuestras hijas, mi hijo Héctor, mis tíos Mauricio y Alex, y mis tías Ana, Carmen, Renata y Silvia. Gracias a todos por estar aquí. Estamos aquí para celebrar la vida de mi querido padre, Héctor Silva Argüello, un salvadoreño sobresaliente, un servidor público revolucionario que le dio un significado diferente a la política en El Salvador durante y después de la guerra civil.
Estoy acá para celebrar al mejor de los padres, al hombre que me enseñó que la responsabilidad, la decencia y la solidaridad son las luces que deben guiar nuestro sendero por la vida, sin importar lo difícil que ello a veces parezca. Mi padre me enseñó que el camino correcto casi nunca es el más fácil, y que la verdadera búsqueda de la felicidad no tiene nada que ver con el dinero; tiene que ver con el amor a tu familia, a tus valores. A tu país.
Los términos más vinculados al pensamiento político de mi padre son izquierda, servicio público y reforma. Cuando uno profundiza en su vida pública descubre que su práctica política estuvo enraizada en la izquierda salvadoreña y en los valores de la socialdemocracia europea, y siempre estuvo muy distante de las extremas.
La pasión de mi padre fue la construcción de ciudadanía a través de la participación; estuvo siempre convencido de la necesidad de trabajar por reformas profundas para construir una sociedad en la cual prevaleciera la justicia social. Mi padre fue un reformador radical, un revolucionario dentro del panorama político salvadoreño. En los últimos 25 años, esto le condujo a luchar contra el debilitamiento de la Social Democracia, a apoyar varios intentos fallidos de modernización de las fuerzas históricas de la izquierda, y a luchar contra el endurecimiento de las prácticas políticas de la derecha ancladas en la desigualdad social.
El estilo de mi padre nunca fue el de estar a la moda: él trató de reformar la izquierda desde adentro, lo que le costó la posibilidad de llegar a ser presidente de la República; y se enfrentó al egoísmo de la derecha más radical, lo cual le costó el aislamiento y amenazas a su vida.
Héctor Silva fue un demócrata pragmático en un ambiente en el que, aún después de 20 años de la firma de los Acuerdos de Paz, todavía está de moda acudir a arengas de pureza ideológica. Pero mi padre entendió con claridad, y ese fue el signo de su vida política, que el pragmatismo no es cínico; que el pragmatismo es una forma de buscar el consenso para construir políticas públicas que permitan luchar contra la desigualdad social, trabajar a favor de los pobres, y sobre todo, fundamentar la acción pública en principios y prácticas éticas.
Quiero ser claro: el pragmatismo de mi padre nunca fue cinismo. Al contrario: él siempre creyó en la utopía de un país en el que los hijos de los pobres tengan la posibilidad de sobrevivir sus primeros años a enfermedades tratables; un país en el cual la educación no sea un lujo reservado para los hijos de los ricos; un país en el cual las formas más horribles e inhumanas de miseria y pobreza sean erradicadas. Un país en el cual la transparencia en la política sea una práctica cotidiana.
Héctor Silva siempre creyó en la necesidad del consenso como una herramienta para el cambio. Esta creencia le costó, tanto a él como a nosotros como familia, salir del país en las primeras etapas de su vida política. No porque él creyera en la violencia armada como un camino, sino porque el diálogo y el debate no eran posibles, y porque la democracia no era entonces una opción.
Regresó a El Salvador a buscar espacios para el diálogo; a sembrar la semilla de un consenso mínimo. Encontró aridez: en 1985, las balas eran la única forma de conversación. Los espacios que el autoritarismo había cerrado tiempo atrás continuaban cerrados. Él y otros arriesgaron sus vidas para abrir esos espacios. Fue ese hecho el que lo convirtió en un auténtico revolucionario: mi padre abrió ese camino cuando muy pocos creían en el poder de la política para romper el ciclo de confrontación letal. La convicción e intensidad que puso en esa búsqueda fueron decisivas para el inicio de la democracia en El Salvador de la posguerra.
Hoy, El Salvador recuerda al doctor Héctor Ricardo Silva Argüello por ese sacrificio y por los valores que depositó en la función pública. Y por todo esto estoy profundamente orgulloso de ser su primogénito, de llevar su sangre y su corazón en mí. Puedo resumir todos estos valores en dos palabras: decencia y solidaridad. Estos fueron los principios rectores principales que nos enseñó a mí y a mi hermana Claudia.
Mi compromiso hoy, nuestro compromiso, es ser para nuestros hijos, Héctor, María Alicia, Marina y Luciana, lo que él fue para nosotros. Si logramos eso, habremos logrado algo muy importante: habremos educado a cuatro salvadoreños como buenas personas capaces de ser, como fue su abuelo, instrumentos de cambio para nuestro amado país.
Muchas gracias.
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