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La necesidad de disciplina se está imponiendo en todas partes

Disciplina en las actitudes, en las acciones, en las reacciones, en la formulación y ejecución de proyectos, en el hacer público y privado en general.

Escrito por Editorial
Lunes, 06 febrero 2012 00:00
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La crisis que azota a los países que ya estaban ubicados en el rango de los desarrollados muestra una característica que hasta hace poco pasaba generalmente inadvertida: que el mantenimiento de la prosperidad exige tanta o más disciplina que la construcción de la misma. Específicamente en Europa, que luego de una larga historia caracterizada por los contrastes culturales, los choques de intereses nacionales y las guerras periódicas logró configurar una unión de naciones, la explosividad de los problemas actuales ha hecho patente que ningún progreso se sostiene si no va acompañado de orden, austeridad, realismo y sensatez. Una lección que es la más global de todas.

En este momento las palabras de uso más corriente para enfrentar la crisis son ajuste y racionalidad. Ajuste a lo que la realidad demanda en cada país y racionalidad para responder a esa realidad de manera creativa y consecuente. De tal exigencia, que hasta hace poco parecía cuestión teórica y que de pronto se hace sentir con dramatismo extremo, hay que sacar varias lecciones válidas siempre, entre ellas dos esenciales: que la prosperidad no se conquista sino que se construye, y por consiguiente es un proceso que nunca termina; y que las verdades del sentido común hay que acatarlas en todo caso, tiempo y latitud, so pena de errar el camino.

En nuestra situación nacional ambas cosas son reclamos que de ninguna manera podemos seguir ignorando o soslayando, si no queremos quedarnos al margen de las dinámicas que el progreso exige para manifestarse en el presente. Si buscamos una auténtica prosperidad compartible y sostenible tenemos que construirla en el día a día, con los tratamientos y transformaciones estructurales que se requieren, en lo político, en lo económico y en lo social. Si queremos hacer del país un lugar de autorrealización tanto social como personal, los valores básicos de la convivencia pacífica deben activarse: seguridad, estabilidad, orden, solidaridad, equidad. Esto quiere decir que, para asegurar un verdadero avance nacional, antes que los diagnósticos técnicos y los proyectos estratégicos derivados de ellos debe darse algo que es de orden más anímico: la concertación de voluntades para empujar todos juntos la maquinaria del país, con el manejo respetuoso y constructivo de las diferencias y la administración responsable y transparente de las coincidencias. Debemos salir de esa trampa que tiende a convertir a los amigos en cómplices y a los adversarios en enemigos, específicamente en los distintos ámbitos de la interacción política, que es donde tales perversiones se manifiestan con más facilidad. Todo lo anterior requiere de un componente que es de seguro el más ausente en nuestra escala de procedimientos nacionales: la disciplina. Disciplina en las actitudes, en las acciones, en las reacciones, en la formulación y ejecución de proyectos, en el hacer público y privado en general. Estamos hablando, pues, de disciplina del carácter y disciplina de la práctica. Si esto no se concreta en lo cotidiano, es casi imposible hacer que las cosas cambien de veras en el ambiente. Lo primero, pues, sería tomar conciencia de que no podemos, como sociedad y como institucionalidad, seguir comportándonos como venimos haciéndolo ya por tradición.

Los diferentes dinamismos de la evolución nunca se detienen, pero los resultados de su avance dependen decisivamente de cómo actúen las fuerzas nacionales y sus liderazgos. Vigilemos esto con mucho cuidado, para no desperdiciar más tiempo en repetir errores.

 

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