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Una celebración poco edificante

Escrito por Juan Héctor Vidal
Lunes, 06 febrero 2012 00:00
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En muchos sentidos, el XX aniversario del Acuerdo de Paz vino a recordarnos que no hemos sido del todo consecuentes con el espíritu y la letra de lo que en su momento fue considerado por propios y extraños como un verdadero hito en la historia moderna. Fincamos muchas expectativas en el mismo, pero en el diario vivir nos fuimos apartando de la ruta que idealmente nos llevaría a contar con un país remozado institucionalmente, seguro, con un sistema económico sólido e incluyente y con una agenda permanente de transformación basada en la cohesión social.

Las efemérides pasaron, pero nos han dejado la sensación de desasosiego, de inconformidad y hasta de pesadumbre. Pero igualmente, la conciencia colectiva no parece reaccionar ante nuestro fallido compromiso con el futuro. Más bien, nos sentimos satisfechos con señalar lo que consideramos la deuda pendiente de los demás, pero invariablemente nos olvidamos de la nuestra.

Una controversia, muy delicada por sus orígenes y contaminada sin duda por diferencias que más parecen responder a antagonismos ideológicos que a una actitud consciente para no volver a cometer los errores del pasado, vino incluso a alertarnos de que el país sigue comprometiendo valiosa energía, apartándose más de aquella ruta y obviando el hecho de que ninguna sociedad puede progresar si no hace un esfuerzo permanente y genuino para deshacerse de anclas moldeadas en un pasado poco edificante.

Aludimos desde luego, al cisma –innecesario probablemente para la mayoría– que surgió entre el presidente de la República y un coronel en situación de retiro, a resultas de los señalamientos, réplicas y contra réplicas en torno al caso de El Mozote. Este episodio, sin duda uno de los más emblemáticos subproductos del conflicto, por el salvajismo que lo rodeó, no puede ser borrado fácilmente de la memoria histórica. Frente a ello, también está el hecho relevante de que como sociedad debemos responder como un todo frente a ese y otros casos, lo que en buenas cuentas significa imparcialidad y sobre todo un esfuerzo colectivo para que quienes verdaderamente “tienen vela en ese entierro” no nos arrastren atizados por vendettas o banderas ideológicas cargadas de odio.

Sin embargo, más allá de las circunstancias que originaron una disputa que ensombreció la celebración de un aniversario que anticipaba regocijo, es importante poner en perspectiva sus ramificaciones y, sobre todo, su desenlace. Y aquí surge la siguiente interrogante: ¿Por qué como sociedad tenemos que ser cómplices pasivos de un desencuentro que pudo evitarse, así haya sido protagonizado por el mismo presidente de la República? Infortunadamente, y esto lo digo con todo el respeto que merece su investidura, don Mauricio con frecuencia ha caído en el error de sobre reaccionar aun ante señalamientos que a la mayoría le parecen intrascendentes o cuando menos, como producto de los espacios que brinda la democracia. Esto no ignora el hecho que en repetidas ocasiones algunos personajes, que se consideran más allá del bien y el mal, se han salido de la raya.

A estas alturas, todo el revuelo causado por el intercambio de posiciones entre el presidente Funes y el coronel Ochoa Pérez y sus desarrollos posteriores ha quedado zanjado, al menos en principio. Esto, a partir de la decisión de la Sala de lo Constitucional de aceptar el recurso de amparo presentado por este último, invocando la violación de sus derechos fundamentales.

Para muchos, con este desenlace la supuesta víctima se convirtió en ganador, facilitándole incluso una diputación que parecía inalcanzable. El presidente, por su parte, ha dicho que aunque no comparte la decisión de los tres magistrados, la respeta. Si el mandatario salió fortalecido o no, solo él lo sabrá. ¿Ha ganado la democracia? Yo creo que sí, a pesar de que este mero hecho sugiere que el camino por recorrer es todavía muy largo.

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