Si no hay seguridad escolar no puede haber formación segura
Sin una educación nacional que verdaderamente sepa hacia dónde va y con qué vehículos apropiados e instrumentos idóneos cuenta para su avance, el país no puede salir adelante.
Escrito por EditorialMartes, 07 febrero 2012 00:00
Nuestro sistema educativo padece múltiples deficiencias e insuficiencias, que van desde la estructura curricular hasta los mecanismos de enseñanza, pasando desde luego por la relación profesor-alumno y la calidad de los distintos servicios escolares. A lo largo del tiempo ha habido varias reformas educativas, que habría que poner entre comillas, porque sus resultados no han cumplido los objetivos anunciados ni han podido hacer realidad lo que debe ser un auténtico desarrollo formativo en todos los sentidos y dimensiones. El sistema educativo aún no tiene definido de manera inequívoca qué tipo de ciudadano busca formar ni a qué modelo de sociedad le apuesta. Son vacíos fundamentales.
Hoy se junta a toda esta problemática un traumatismo de alta intensidad: la irrupción del fenómeno pandilleril en los ámbitos educativos. Esto se da principalmente en aquellas zonas donde hay más presencia e incidencia de las pandillas, pero se trata de un problema en clara expansión, que afecta tanto a las personas como al desempeño educativo en sí. Da la impresión, además, de que mucho de lo que pasa queda envuelto en el denso velo del miedo, como ocurre siempre que hay amenazas contra las que no se dan defensas seguras y confiables.
Está ya en vías de despliegue una especie de policía escolar, que se dedique a salvaguardar el desempeño normal de las actividades en los centros educativos, y muy especialmente de aquéllos ubicados en zonas de mayor peligro y de más evidente vulnerabilidad. La iniciativa es atendible, siempre que dicho componente, que desde luego no está dentro del accionar ordinario ni de la Policía ni de las instituciones de educación, no vaya a ser un factor de distorsión en el delicado proceso de enseñanza-aprendizaje. Hay que cuidar muy bien las formas y los contenidos de tal función, en un ambiente que presenta ya tantos trastornos.
Por otra parte, desde el área de Educación se está iniciando la puesta en práctica de nuevas dinámicas integradoras del fenómeno educativo en el terreno. Una de ellas, la más visible, es la que se refiere al Sistema Integrado de la Escuela Inclusiva de Tiempo Pleno, que incorpora tres componentes: el pedagógico, el territorial y el de gestión, con el propósito de hacer interactuar a la familia, a la escuela y a la comunidad en el esfuerzo formativo.
Esto debe hacerse empalmar con los mecanismos de seguridad, para ir logrando dos objetivos fundamentales: la idoneidad de la formación y la territorialización de la calidad.
Sin una educación nacional que verdaderamente sepa hacia dónde va y con qué vehículos apropiados e instrumentos idóneos cuenta para su avance, el país no puede salir adelante. Tomar conciencia de ello constituye, sin duda, una demanda de los tiempos, ahora más imperiosa que nunca, por los desarreglos de la realidad interna y por los acicates de la globalización.
La tarea, desde luego, es un desafío insoslayable en todos los sentidos. Esto se vincula también con la formación docente y con el mejoramiento progresivo de la productividad. Insistimos en un hecho que siempre se ha dejado de lado y es vital: el hecho de que todos nuestros grandes problemas son transversales; es decir, están íntimamente vinculados unos con otros.
Y si no se tratan a partir de dicha realidad, siempre los resultados serán escasos y raquíticos. Hay suficientes pruebas de ello como para no continuar recayendo en el mismo defecto.
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