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Los cambios en Cuba

Escrito por Eduardo Rohde Schell
Jueves, 09 febrero 2012 00:00
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erohdesch@yahoo.es

Irónicamente, mientras en algunos países como el nuestro, líderes de la izquierda radical se aferran a viejas doctrinas, en Cuba, el referente de tal sistema en Latinoamérica, efectúa cambios sin haber desaparecido los personajes que años atrás iniciaron transformaciones por la vía guerrerista.

Quiérase o no, el negocio del turismo, calificado de decadente en tiempos del exdictador Fulgencio Batista, va cobrando fuerza –y dólares– en la tierra de Martí, con atractivas ofertas, aunque ahora incluye nuevos rubros, como los servicios médicos, herencia tecnológica de países europeos, especialmente de Rusia.

Hoy ya no causa sorpresa la exportación de agentes adoctrinadores, hecha siempre bajo la vestidura de diplomáticos; ahora utiliza asesores, médicos, técnicos, deportistas, porque es innegable que todo estudiante en Cuba ha sido permeado directa o sutilmente por el adoctrinamiento estatal. Tal situación fue mencionada claramente por el izquierdista chileno Salvador Allende, al afirmar: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica; pero al ir avanzando por los caminos de la vida, mantenerse como revolucionario en una sociedad burguesa es difícil”.

Respecto a los médicos, aunque el Estado cubre sus necesidades básicas, les restringe sus deseos de superación, su libertad de disentir y movilizarse. Cuba aseguró que aumentará la exportación de su fuerza de trabajo calificada, en vista del medio millón de empleados cesados. Pretende, internamente, insertarlos en el estrato privado y, en plan externo, enviarlos a América Latina y a otros países; en Venezuela trabaja un buen número. Esto le genera sustanciales divisas, al igual que el turismo y la atención médica. Busca eficiencia económica y desligarse del paternalismo del régimen. Su objetivo es que en 2015 el 50% de los trabajadores ya no goce de tal beneficio. Tajante fue la frase de su actual dirigente, Raúl Castro: “O rectificamos o nos hundimos”, en un tácito reconocimiento de la importancia del sector privado en la vida de los pueblos.

Muchas acciones del régimen cubano, de por sí, no dejan dudas de las intenciones de sus dirigentes, es un golpe de timón significativo, una indiscutible reversión. Hay veces, ideología y economía no tienen rumbo paralelo.

Según su Gaceta oficial, Cuba cerró su Ministerio de Azúcar y lo sustituyó por un grupo empresarial, responsable de la producción de caña y sus derivados. Con ello busca reducir en más de seis veces la cantidad de dependencias relacionadas con el rubro –de 178 solo habrá 26– y un ahorro administrativo del 55%. Otro cambio fue que tres bancos comenzarán a prestar capital al sector privado. La medida prevé la concesión de créditos a pequeños agricultores y otros trabajadores por cuenta propia en un intento por estimular el crecimiento económico. Asimismo, tras 20 meses de prueba, La Habana decidió nombrar, definitivamente, a barberos y peluqueras estatales como trabajadores privados, quienes pagarán impuestos y una cuota de seguridad social. Antes estaba en vigencia entre los “fígaros” un modelo soviético.

Hasta el sistema de correos sufrirá transformación, ya que pasará a manos privadas. El servicio lo prestarán empresas territoriales; una por cada provincia del país, con excepción de La Habana.

Toda esa fiebre de cambios ha sorprendido –y decepcionado– a dirigentes izquierdistas de “hueso duro” de Latinoamérica, que siguen aferrados a ideologías arcaicas. Lucen, por conveniencia, “epidermis” democrática, pero confían aplicar sus modelos y proyectos en oportunidad futura.

Cuba, referente ideológico por excelencia, empieza a reconocer la importancia del sector privado en el progreso económico de los países. En cualquier lugar del mundo, el empresario es parte importante del proceso; eso sí, debe poseer cuatro cualidades: empeño, responsabilidad, rectitud y sensibilidad social.

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