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Insistir en el punto de la confianza es una responsabilidad de todos

Lo que pasa entre nosotros es que nos falta reconocer y asumir a cabalidad y a plenitud la lógica del ejercicio democrático. Se requiere mucha educación al respecto...

Escrito por Editorial
Lunes, 13 febrero 2012 00:00
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Entre las múltiples necesidades que circulan en el ambiente del país, una de las más determinantes es la necesidad de activar el crecimiento económico, que viene perdiendo impulso desde hace ya bastante tiempo. Cuando se hacen enfoques de perspectiva hacia lo que ha pasado al comienzo de esta trayectoria nacional desde el fin de la guerra hasta nuestros días, queda patente que la falla ha estado básicamente en la incoherencia y la fragmentación del avance. Iniciar dinámicas y dejar en el camino muchas cosas pendientes. Es lo que pasó, por ejemplo, con el ajuste estructural emprendido en 1989. Emprendido, no continuado como se debía.

Hay aquí un defecto de actitud y un vicio de indisciplina. Si a dicho ajuste, para el caso, se le hubieran agregado a tiempo los componentes de reforma estructural que pudiesen haber garantizado la sostenibilidad social del mismo, sin duda otros gallos muy distintos le habrían cantado y le cantarían al proceso. Prevaleció el realismo en 1989, lo cual estuvo muy bien y fue prometedor de que podríamos avanzar hacia la estabilidad con progreso; pero al quedarse ahí, lo que prevaleció es la vieja trampa de soslayar la solidaridad organizada e institucionalizada, queriéndola sustituir por un asistencialismo costoso y a la postre inútil. Y seguimos en las mismas.

En el centro de toda esta problemática está el juego de voluntades nacionales o la ausencia de dicho juego. Por lo que ha venido ocurriendo a lo largo de los 20 años de posguerra ya transcurridos, es evidente y notorio que lo que ha faltado, justamente, es que las voluntades nacionales, y en especial las más decisivas, entren en juego para asumir el objetivo de darles tratamientos y buscarles soluciones a los grandes problemas que nos aquejan y nos agobian como colectividad. Eso crea una especie de permanente vacío, que se va profundizando en la realidad en la medida que se le deja crecer. El ejemplo de la negociación política que le puso fin a la guerra tiene, al respecto, una lección muy constructiva: se comenzó, como era natural y normal en aquellas circunstancias, con una cerrada desconfianza mutua, que en el curso del trabajo se fue procesando hasta dejar espacio para que se manifestara la confianza básica indispensable que posibilitara el acuerdo. Hoy, no hay razón para una desconfianza de aquella índole, pero es claro que hay aún muchas desconfianzas en circulación. Habría que empezar por procesarlas en el acercamiento democrático, y de ahí ir alzando y expandiendo la confianza básica sin la cual nada sustancial y sostenible se logra.

Partamos de un hecho absolutamente real en cualquier tiempo y lugar: cuando hay competencia, del tipo que ésta sea, lo que está ahí de entrada es la desconfianza. La confianza hay que irla construyendo. Y la democracia es el mejor escenario para ello. Lo que pasa entre nosotros es que nos falta reconocer y asumir a cabalidad y a plenitud la lógica del ejercicio democrático. Se requiere mucha educación al respecto, comenzando por aquéllos que ejercen como protagonistas del accionar en el terreno político. En una ley de partidos políticos el tema de la educación democrática interna tiene que ser uno de los puntos considerados.

Crear espacios de confianza es un trabajo fino, que exige inteligencia, persistencia y buena voluntad. Y para lograrlo hay que dejar a un lado un antiguo sofisma, muy apreciado en el ambiente, según el cual la fortaleza viene del pleito y el entendimiento es debilidad.

 

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