Observé con atención las entrevistas realizadas por el periodista Romeo Lemus a dos de los principales líderes de maras y pandillas: Arístides Umanzor alias “el Sirra” y a Carlos Ernesto Mojica alias “Viejo Lin”; y de sus discursos anoté algunas importantes ideas para reflexionar que quisiera compartir en forma de tres mensajes, que si bien no justifican la violencia representan una oportunidad para mejorar como sociedad.

En primer lugar, muchos de estos jóvenes no son un producto de una familia disfuncional o desintegrada como creemos, sino de una sociedad egoísta e injusta; una sociedad que sigue funcionando con base en dos niveles de ciudadanos, los que tienen oportunidades y los que no tienen oportunidades, entre la opulencia y la marginalidad. “El Sirra” –según su testimonio– fue un joven rebelde, que canalizó su energía transformadora y sus frustraciones a través de las pandillas, lo hubiese querido hacer en un movimiento revolucionario, pero ya no existían... Esto nos indica que los jóvenes marginados y excluidos necesitan espacios de expresión y acción para administrar sus frustraciones (mensaje para el Estado).

En segundo lugar, la mayoría de jóvenes abandonan la escuela en segundo ciclo de educación básica, y medio se preparan para trabajar en oficios, pero le pagaban muy mal; luego comienzan con hurtos sencillos y finalmente se integran en una espiral más sofisticada de crimen y violencia. En efecto, mucha gente es conformista y tiene una vida predestinada de pobreza ya que con lo que ganan nunca saldrán adelante; otros tienen un espíritu más emprendedor, y salen adelante con más sacrificios; y finalmente, habrá otros que ante el egoísmo salarial toman un atajo equivocado; como quiera que sea tenemos muchos salarios de miseria... (mensaje para los empresarios).

En tercer lugar, en ambas entrevistas aparece un tema importante: “nadie les ha querido escuchar” (…) a pesar de que son el gran problema de la sociedad “pero no todo el problema”; y es muy posible que, hoy por hoy, violencia y crimen sea sinónimo radical de maras o pandillas, cargando sobre sí otros delitos u opacando delitos de cuello blanco.

Y aquí cabe un par de preguntas de fondo: ¿son las maras o pandillas un subproducto de nuestra cultura y de nuestra sociedad? o, ¿son las maras o pandillas la reciprocidad de una sociedad violenta de posguerra?, y en función de estas interrogantes sobre los ciclos de violencia debemos evaluar: ¿alguna vez se planteó en nuestro país el tema de posguerra una vez firmados los Acuerdos de Paz?, ¿se pensó en las secuelas y los efectos colaterales de los 70,000 muertos y más de un millón de emigrantes? (mensaje para los políticos).

En las entrevistas queda más o menos claro –en un lenguaje probélico– que no piden amnistía, privilegios o indultos; que la tregua, pacto, acuerdo o negociación se cataloga como el inicio de un proceso de pacificación definitiva; también solicitan oportunidades educativas, laborales y de reinserción (dentro y fuera de las cárceles). Queda claro que las medidas represivas han fortalecido a las pandillas; lo que no queda claro es el rol del gobierno, ya que el protagonismo de la sensible baja de homicidios no fue por las políticas y los planes de seguridad, sino por la misteriosa mediación de la Iglesia y de la sociedad civil.