El monumento hacia esas profesionales se yergue día con día, siendo ellas primariamente quienes fundamentan su figura y su valor; y en segundo plano, son las personas que se valen de sus servicios quienes las etiquetan.
Que sean las secretarias (o asistentes) las que ponen los cimientos de su propia figura parece una simple expresión, pero es profunda: una mujer, en cualquier terreno y en cualquier profesión, se va forjando a sí misma a base de preparación académica, técnica e incluso empíricamente; y un gran trampolín para escalar hacia la excelencia, es la moral con que ella desarrolla sus conocimientos, pericias, habilidades y destrezas.
Creo firmemente que para que una asistente sea calificada como excelente los parámetros son similares a los de la esposa: esta, para conquistar y dominar su delicado papel, necesita sencillamente dos 50%: uno en la alcoba y otro fuera de la alcoba; si es capaz de sostener este balance, la aman, la respetan, la sirven y se quedan con ella para toda la vida (el esposo); mientras que la prole crece, se forma, vuela a su tiempo, pero siempre amando su nido nuclear que mamá supo cimentar.
La asistente igual: sus dos 50% estriban en lo que sabe y domina, y en la moral con que lo despliega. O.K., sabe trabajar, se rebusca por documentarse, actualizarse, tecnificarse, etcétera (50%); y simultáneamente es capaz de manejar sus emociones, marcar línea divisoria entre sus propios problemas contra la carga laboral, mantener la calma cuando surgen tempestades, saber ser bastón para otros en aras de la consecución de los objetivos o metas, generar solo productos y servicios de calidad y procurar que cuanto salga con la firma y sello de su jefe u organización sea de calidad incuestionable
esa moral es el otro 50%.
Cuando la asistente alcanza semejante estatura, entonces ella constituye una pieza insustituible en la organización. Nadie es indispensable, se dice, pero cómo se viene abajo la armonización de los elementos, al menos mientras se encuentra otra persona similar, cuando falta un brazo derecho tan bien alineado como es una excelente secretaria.
¿No se han fijado cuántos errores de dicción, accidentes de género, de número, cacofonías, puntuación, tildación, abuso de gerundios, saludos inadecuados, repeticiones u omisiones, etcétera, se observan hoy día en diferentes cartas, revistas, informes y otros? Tal parece que la prisa y el afán nos ganan.
El que firma confía en quien lo armó, lee muy rápidamente que no detecta errores, y es así como algunas piezas dejan mucho qué desear, generalmente en su forma. Es ahí donde encaja la asistente, arreglando lo errado; incluso al jefe debe explicársele sus propios gazapos (todo con respeto), entrando así en la confianza y el balance necesarios para de esa manera trabajar juntos. Los jefes a veces están sobrecargados, es una desconsideración dejarles a ellos las revisiones de estilo; para eso tienen personal preparado y confiable, y nadie mejor que sus asistentes para colaborar con ellos en tales menesteres.
Es bonita la profesión de asistente o secretaria. ¿Andar bonitas y sonrientes? Sí, pero antes ser excelentes profesionales, trabajar fino, participar en la esencia de la organización a través de sus productos y servicios.
¡Felicidades, secretarias, muchas bendiciones de Dios Todopoderoso!