El primer cuento de su obra, entre las mejores piezas literarias de todos los tiempos, empieza con la celebérrima aventura del protagonista en el país de los liliputienses, seres humanos pequeñitos.

Luego siguen las vicisitudes en tierras de gigantes 10 veces mayores que los humanos. Allí hace críticas cáusticas a las instituciones inglesas; por ejemplo, pone en boca del rey local este comentario: “Has demostrado palmariamente que (en Inglaterra) los verdaderos requisitos para ser legislador (diputado) son la ignorancia, la holganza y el vicio. Quienes explican, interpretan y aplican mejor las leyes (jueces y magistrados) son aquellos que tienen interés y competencia en tergiversarlas, confundirlas y eludirlas… No se infiere de todo lo que has dicho que se requiera una sola perfección para alcanzar una posición en vuestra sociedad, ni mucho menos que los hombres sean ennoblecidos a causa de sus virtudes, ni que los sacerdotes asciendan por su piedad y sabiduría, los soldados por su conducta o bravura, los jueces por su integridad, los parlamentarios por su amor a la patria, los consejeros por su prudencia.

En el tercer viaje, Gulliver llega a cuatro países de los cuales Japón es el último; y el primero, Lapuda, isla flotante en el aire, que deja caer rocas a sus enemigos, preludiando los aviones bombarderos.

Asiste a investigaciones científicas disparatadas, en no muy solapada sátira a la Royal Society.

El cuarto y último episodio lleva a nuestro héroe al reino de los “Houyhnhnm”, nombre cuya pronunciación en inglés semeja vagamente el relincho de un caballo. Equinos son, en efecto, los habitantes de la comarca. Sus costumbres son perfectas; desde el saludo chocando los cascos derechos delanteros, hasta las altas funciones públicas, pasando por las costumbres de etiqueta o familiares.

Mi impresión sobre esa comunidad impecable fue que aun con la ardorosa creatividad de Swift, era difícil haberla imaginado formada por corceles. A menos que Swift fuese gran amante de esas nobles bestias.

La explicación me vino por encanto. He tenido siempre en la boca el adagio de que si el libro es el mejor amigo, hay que comprarlo aunque no se lea. Si no puede ser amigo, que al menos sea un conocido. Y así, una biografía de Germán Arciniegas, que durante 20 años fue mi conocida, se tornó mi camarada cuando la necesitaba.

El ilustre colombiano electrizó a los jóvenes soñadores con “Entre la libertad y el miedo”, denuncia viril, docta, de las dictaduras latinoamericanas al final de los años cincuenta. A los que nos embrujaba la llamada “Reforma universitaria”, también nos embriagó su “El estudiante de la mesa redonda”.

Bien; resulta que Arciniegas, talento de los de máxima proyección alumbrados por nuestra América, fue diplomático en Inglaterra, donde lo extasió el amor profesado por los caballos, “más que por cualquier otro ser viviente”.

Y escribió un libro, de los centenares que engendró, “La isla de los caballos”. Ajá, dije, Swift odiaba mucho a Inglaterra, pero no a sus galanes cuadrúpedos. Por eso los fabuló pueblo de calidad sin par. Dos genios, distantes dos siglos, se dieron la mano sobre la crin de los caballos.