La contemporaneidad ha visto un vigoroso florecimiento de avances científicos y tecnológicos verdaderamente inimaginables; pero en paralelo ha visto también el marchitamiento progresivo de algunos hábitos y formas de conducta que son básicos para asegurar la normalidad progresiva del vivir. Hay aquí un contraste desorientador, que marca la suerte de los procesos evolutivos actuales en el mundo, dentro de esa dinámica globalizadora que constituye el sello distintivo más original de esta época histórica. Hemos ganado mucho y al mismo tiempo hemos perdido mucho; y resolver de manera creativa y responsable tal dualidad constituye sin duda el desafío más apremiante al que se enfrentan las sociedades actuales, en todas las latitudes. El trabajo por hacer al respecto es arduo, porque implica cambiar muchos modelos y esquemas de vida.
Uno observa el panorama global de la realidad y lee o escucha, por aquí y por allá, explicaciones de toda índole, que se refieren a los entramados, entresijos y entrampamientos de la situación presente. Quizás las cosas no sean tan complicadas como parecen. Acaso se trate de reponer en la vida cotidiana las prácticas naturales de un hacer ordenado. Y esto se vincula con dos conceptos que parecen haber desaparecido por completo del catálogo de las conductas al uso, en todos los rangos y en todos los niveles de la actividad humana, desde los liderazgos más encumbrados hasta la ciudadanía común: autocrítica y autocontrol. Es decir, lo que significa trabajo de autodepuración, tanto en lo personal como en lo colectivo. Sin ese trabajo, los descontroles se van convirtiendo en desvaríos, como vemos en nuestro ambiente y en todos los ambientes.
No es necesario haberse graduado en Harvard o en La Sorbonne para saber que sin ahorro ni ordenamiento del gasto todo se sale de control. No es preciso que lo diga una encumbrada figura del BM o de la CEPAL para tener conciencia de que sin proyectos nacionales bien estructurados y sostenibles no es factible estabilizar la ruta del desarrollo. Los pensadores y los expertos son, desde luego, indispensables, pero en sus respectivos ámbitos. Aquí lo que enfocamos son las bases de la conducta funcional, que está regida, ahora y siempre, por la racionalidad sencilla e insustituible. Se trata de cosas elementales, que no requieren una reunión especial del G-20 (nos libre Dios), sino un cónclave imaginario pero urgente de abuelos como los de antes, que tenían la sabiduría básica a flor de experiencia vivida.
En el mundo, se nos vino un tsunami de consumismo. Y de pronto, el mercado empezó a ofrecerles rienda suelta a los apetitos gratificantes del ciudadano común. Consumir más y mejor es, por supuesto, un impulso natural de cualquiera, y sobre todo de aquéllos han estado privados tradicionalmente de todo. Pero el consumo, como todo, requiere disciplina, la cual debe balancearse con otra disciplina indispensable: la del ahorro. No hace mucho, alguien a quien le expuse este pensamiento me respondió: Sí, pero si a mí no me alcanza para vivir, ¿cómo va a alcanzarme para ahorrar? Le respondí: Como me decía mi abuela sabia: ahorra, aunque sea unos centavos cuando puedas, porque lo que importa es el hábito, no la cantidad. Hay que tener una alcancía a mano aunque ahora se llame cuenta de ahorros. Desde los niños hasta los mayores.
Para seguir con el testimonio personal: en el desaparecido Mercado Empórium, en el centro del San Salvador que aún funcionaba como centro vivo, junto a la dulcería Las Gardenias, frente a la casa antigua de LA PRENSA GRÁFICA y a unos pasos de la refresquería Olimpia, la Niña Mina vendía flores, pero como era amiga de mi abuela Lillian, le conseguía unas alcancías de barro con formas de animales, que eran para mi aprendizaje. Iba yo llenando mi alcancía con monedas de a cinco centavos de colón; y cuando ya estaba llena, la quebraba con un pequeño martillo, y gastaba su contenido en cualquier cosa atractiva para un niño; pero la siguiente alcancía ya estaba ahí, lista para ser llenada.
Era la escuela de la disciplina del ahorro, que se aplica igual a un infante de entonces que a una nación del presente. No hay que d arle muchas vueltas al asunto. En el mundo y en el país, la palabra mágica ha sido gasto, y por eso llegamos a donde llegamos. Es la intemperancia como norma de vida.
Y así lo que viene, inevitablemente, es la crisis, en ruta directa hacia el desastre. ¿Cómo es que no lo ven los individuos, que están cada vez más ahogados de deudas? ¿Cómo es que no lo ven los gobiernos, que tienen cada vez menos de dónde echar mano? El orden y la autodisciplina son las únicas fórmulas que funcionan para estabilizar la vida, tanto personal como nacional y global. No hay de otra, señores.