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En el libro “El ciervo perseguido”, de Luis Alvarenga, se recoge el siguiente testimonio de Jorge Arias Gómez sobre la situación de Dalton en Praga hacia 1966:

“Su estatus en la Revista Internacional era de colaborador del PCS, con derecho a voz pero sin voto. El salario correspondía a su estatus, por lo que era sustancialmente menor que el de los representantes plenos. Eso le producía malestar. Planteé a la comisión política del partido que a Roque se le diera el cargo de representante. Se trató el punto pero no hubo acuerdo favorable”. Resulta que, ese mismo año, Dalton había publicado un análisis en el que colocaba a la mayoría de los partidos comunistas latinoamericanos, incluyendo al salvadoreño, a la derecha del movimiento revolucionario. En ese momento Dalton proponía la lucha armada, en tanto que el PCS, y particularmente Schafik Hándal, defendían la vía pacífica.

Al año siguiente, 1967, Fidel Castro convocó a los partidos comunistas y movimientos revolucionarios de América Latina a una conferencia en La Habana. El objetivo era la puesta en marcha de la guerra de guerrillas como estrategia global de la revolución latinoamericana.

Dalton asistió al evento, aunque no como miembro de la delegación del PCS, presidida por Schafik Hándal y conformada por Domingo Santacruz, Américo Durán, Víctor Gregorio Rivera, Domingo Mira y Jorge Federico Baires.

Aunque los últimos tres simpatizaban con la lucha armada, la posición oficial era la de Schafik: en El Salvador no había una situación que justificara la violencia, y la inexistencia de grandes montañas imposibilitaba el despliegue de una guerrilla.

En una entrevista concedida al SIEP, en octubre de 2006, Víctor Gregorio Rivera recuerda esa reunión: “Nosotros decidimos no pelearnos con los cubanos, sino reconocer la pérdida de la mística revolucionaria en muchos de nuestros partidos comunistas. Fuimos cuidadosos de no afectar la relación con los cubanos”.

La versión que sobre el mismo suceso ofrece al SIEP Jorge Federico Baires es más cruda: “A Schafik le fue mal, criticó la lucha armada y fue fuertemente asediado. Nos reunimos y se quejó de las críticas. Estaba deprimido. Al final, Domingo Mira, Américo Durán y yo apoyábamos la lucha armada; Schafik y Santacruz no la apoyaban”.

Como muchos de los comunistas extranjeros ahí presentes, bajo la presión cubana, Schafik terminó firmando a regañadientes una declaración de apoyo a la guerra de guerrillas, lo que no lo comprometía a implementarla.

En esa situación, el encuentro entre Hándal y Dalton fue desastroso. Se enzarzaron en un cruce de reproches, y estuvieron a punto de irse a las manos cuando Schafik dijo que, como fuese, él había firmado a favor de la lucha armada, y Dalton le replicó: “Qué cómodo, estás a favor de la guerrilla pero en contra de comenzarla”.

En adelante, Dalton profundizaría sus críticas contra el PCS.

A Schafik no le habrá caído en gracia el texto que Dalton tituló: “Epigrama en imitación Marcial”, en el que mediante un juego de palabras, amparado en la referencia al poeta satírico romano Marco Aurelio Marcial, lo enfrenta a Cayetano Carpio, cuyo pseudónimo de guerra era precisamente Marcial:

“Has fustigado, oh Shafo, en el Foro, de tus hermanos menores el fervor excesivo, la falta de experiencia de su juventud, la peligrosa discrepancia que resquebrajaba la vieja piedra familiar. Has fustigado, Cónsul, su temeridad y el riesgo de sus vidas apelaste de inútil. Pero nada has odiado tanto como su propia sabiduría, como su edad de la razón”. Esa es la historia, lo demás son ladridos.