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Tres conceptos prácticos fundamentales han ido difuminándose en nuestro ambiente, cada vez más cargado de emociones negativas. Esos conceptos son: respeto, disciplina y urbanidad. No son los únicos, pero éstos están en primera línea. No vamos a caer en el simplismo de creer que todo tiempo pasado fue mejor, porque eso sería nostalgia regresiva. En nuestro pasado hay infinidad de errores y trampas, que nos condujeron a la guerra fratricida, que es la peor forma de división que puede darse en una sociedad. La responsabilidad principal recae en los liderazgos sucesivos, aferrados al inmovilismo. Pero la realidad siempre sale adelante: de la crisis autoritaria surgió la posibilidad real de la democratización; y, al final, pacificación y democratización emergieron como tareas siamesas, que avanzan a tumbos, pero ya en ruta irreversible. ¿Optimismo? Sin duda. Más vale.
El respeto es vital para que una sociedad pueda ser pacífica y constructiva de su propia evolución. Y el respeto es un juego de círculos concéntricos sin fin, que van desde el nivel de los gestos cotidianos hasta el plano de las ideas, las posiciones, los derechos sociales y los proyectos de vida colectiva. El respeto implica, en su base, autorrespeto. El que no se autorrespeta no puede respetar a los demás. Es como el amor al prójimo en la doctrina cristiana. Y el autorrespeto se aprende en el hogar y en la escuela. El gravísimo déficit de autorrespeto que vivimos y padecemos proviene sin duda de la crisis de la familia y de la crisis de la educación. Cuando la hay, la familia enseña hoy cada vez menos; y la escuela se ha venido volviendo un ejercicio de superficialidades, con poca alma y poca vida. Estos son nuestros desafíos más profundos.
Sin disciplina nada se sostiene ni mucho menos prospera. Y, como el respeto, la disciplina se debe ejercer en todos los ámbitos humanos. Ejemplos de indisciplina tenemos infinidad. Citemos dos, de muy distinta índole: en el transporte público, las unidades se detienen donde les da la gana y van por las calles, sin atender a la seguridad de nadie, haciendo competencia para ver quién se adelanta a recoger pasajeros. Indisciplina funcional. En lo que se refiere a la administración de los recursos financieros, ni los ciudadanos ni las instituciones públicas se someten a la disciplina básica del gasto: la tendencia es gastar sin medir las consecuencias. Indisciplina existencial. En lo que se refiere a la competencia política, los términos lealtad y responsabilidad están cada vez más en desuso: lo que se busca son ventajas, caiga quien caiga. Indisciplina moral.
Las normas del comportamiento social han venido deteriorándose progresivamente en el ambiente. Y no es cuestión de clases sociales: es cosa de comportamiento personal. Yo he conocido gente muy acomodada que merece estar en un muestrario de la mala educación; y también he conocido campesinos analfabetos que son señores de exquisita cortesía natural. La urbanidad no es algo superfluo, sino un ingrediente básico de la armonía social. No todo está perdido, desde luego: en la cotidianidad hay aún buena cantidad de gente que sonríe, que saluda, que tiene ánimo benevolente; pero también van creciendo la cólera, la rispidez y la frustración despectiva. Todo esto hay que procesarlo, para que la contaminación negativa no se vaya imponiendo. El país necesita un reciclaje de actitudes en todos los ámbitos.
Se puede ser fuerte y demandante sin dejar de ser respetuoso. Se puede ser creativo y aspirante sin dejar de ser disciplinado. Se puede ser promotor y defensor de los propios derechos sin dejar de practicar la urbanidad. En nuestro ambiente necesitamos aclarar prácticamente algunos términos esenciales: no es fuerte el que más increpa, el que más vocifera, el que tiene mecha corta; fuerte es el que se autocontrola, el que antepone la reflexión al arrebato, el que analiza antes de juzgar. No es ejemplar el que exige ejemplaridad sin predicar con la propia. No es democrático el que pregona derechos sino el que cumple deberes. Respeto. Disciplina. Urbanidad. Para algunos, serán palabras de otro tiempo. Esos son los que contribuyen a arruinar el tiempo real, con los efectos que vemos y sufrimos a diario.
Buena parte de los problemas que nos aquejan son resultado de los comportamientos imperantes, que van siendo dejados a la buena de Dios y terminan cayendo en la mala del diablo. El egoísmo y la avaricia acaban con el respeto. El falta de control de las acciones y las reacciones, en cualquier estrato social que se dé, desactiva la disciplina. El desorden social le va restando espacios a la urbanidad de las conductas ciudadanas. Todos esos son procesos erosivos, que de no detenerse a tiempo, llevarán a deslaves mayores. Pensémoslo.