Sobra abundar acerca de las bondades de esta profesión, que pone hoy en día la realidad del mundo en nuestras manos en el giro de pocas horas o minutos; o en el instante mismo en que la noticia se produce.

El impacto que los atentados de Nueva York causaron sobre la conciencia de millones de seres se vio sin duda multiplicado por el hecho de que la mayoría pudimos presenciar en tiempo real la consumación de semejante insensatez.

Por mérito de los profesionales de la prensa nos enteramos en palabra y en imagen sobre las terribles consecuencias de la hambruna en el Sahel; de las inundaciones en Indonesia o Colombia; de los atentados en Chechenia o Afganistán; de la caída de otro dictador árabe; o del surgimiento de un nuevo cartel en México o Somalia.

También las noticias que entretienen y conmueven a millones, pasa a través de las libretas, cámaras y voces de los informadores; desde los estudios de Hollywood hasta los escenarios de Broadway; de la Ópera de Milán a los megaconciertos de Río, Bogotá o Santo Domingo, sin mencionar las coronarias emociones que transmiten los choques del Barça o la Juve; del Palmeiras, el River o el Pachuca.

Pero esto no permite ignorar que el periodismo, sobre todo cuando le rinde homenaje a su vocación más auténtica, que es la externación de la verdad y el combate permanente contra lo escondido, lo corrupto, lo maquiavélico y todo lo que atente contra el bienestar común, puede convertirse en un “arte que mata”. Y la dolorosa prueba la tenemos ante nuestros ojos.

Un total de 122 periodistas perdieron la vida a causa del ejercicio de su profesión en 2009; 105 perecieron en 2010. La cifra oficial llegó a 106 en 2011, sin incluir los desaparecidos; y 2012 no muestra señales de mejorar. En este mismo momento está circulando la noticia de la horrorosa muerte de la periodista Regina Martínez en Veracruz.

De hecho, México tiene el pesado honor de ser el país más mortífero para ejercer la profesión de periodista. La guerra entre el gobierno y los carteles está dejando en el camino una estela de informadores, que empiezan a convertirse en una nueva especie de mártires del siglo XXI.

Mártires por la causa de la verdad, de la transparencia oficial y de la decencia social. Lo siguen en respectivo orden Pakistán, Irak, Filipinas, Brasil y Honduras, como los países en donde ejercer la profesión de periodista verás se puede convertir fácilmente en un pasaporte a la tumba.

Por eso la sociedad entera está llamada a alzar la voz y alinear todos sus recursos a para combatir a estos crímenes, y para proteger y garantizar el libre ejercicio de este derecho en todos los rincones del planeta. No olvidemos que, como lo decía Thomas Griffith: “El periodismo es la fortuna de contemplar la historia mientras se está construyendo”.