Se llega al pequeño pueblo por rutas boscosas. La primera impresión que da es la de ser una aldea más en la zona. Pero los ojos que observan el entorno están ávidos de reconocer otros detalles. Son los ojos del visitante que ha llegado en el auto conducido por un chofer que apenas sabe hacia dónde se dirige. Le da la indicación de que detenga el vehículo frente a un parquecito de grandes árboles que de seguro fueron testigos del drama que el visitante quisiera revivir. Está ahí por unos minutos, y luego se dirige hacia la farmacia más cercana, quizás la única, donde entra pero no compra nada. Después camina al azar por las callejuelas que parecen rutas del olvido. Y al final entra en un bistró muy sencillo, donde va a almorzar. Ahí le pregunta al mesero que lo atiende: “¿Conoció usted a Madame?” El mesero afirma, con una sonrisa. Y entonces él indaga: “¿Era como la pintan?” El mesero hace un gesto dubitativo. El visitante ordena y se queda pensando: “Estoy en Ry, Normandía, en el pueblito que inspiró a Flaubert para descubrir a Emma Bovary. Y si él la descubrió, por qué no podría descubrirla yo, que he cruzado el mar para alcanzar este momento?”