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Quiero reflexionar un poco sobre ciertos comentarios recibidos a causa de nuestra previa entrega en el tema de las pandillas. Muchos atribuyen su existencia a los bajos salarios, a la difícil situación económica: insulto a los millones de millones que, aquí y en todo el mundo, laboran de sol a sol; al emprendedor que adicionalmente invierte sus madrugadas pensando cómo hacerle; al emigrante que se marcha en busca de un mejor futuro. Otros se lo atribuyen a ARENA, a la oligarquía, a los veinte años, al FMLN y a la destrucción durante la guerra; a la emigración, la destrucción de la familia; al Imperio, al Comandante Chávez; a la falta de visión país.

Fácil siempre es ver hacia otros lares en busca de chivos expiatorios, pero la verdad es que no tenemos a otros que culpar más que a nosotros mismos. Esa sociedad inerte, carente de vida, acomodadiza y consumista, alcahuete con sus gobernantes, donde el burro cargado de verdes es rey; apática juventud, ciudadana del país de lo virtual. La vimos venir y no hicimos nada. Pasajes, vecindarios, municipios enteros se deterioraron, ¡el gobierno no hace nada! Esperando siempre al “papá gobierno”, ese sentir asistencialista del deme que yo no puedo.

¿Y los gobiernos? Medidas mediáticas... de manos duras a abrazos. Sin embargo, hay luz al final de este trágico túnel, hay vestigios de una sociedad más proactiva y vigilante; ya se escuchan otra vez las voces, de aquella juventud inteligente, rebelde y exigente. Hemos comenzado a aterrizar en el lado duro de nuestra realidad, las soluciones ya no pueden esperar. La formación de grupos delincuenciales es un proceso identificable y predecible. Un alto funcionario de la PNC dijo hace un poco menos de una década que al paso que íbamos no nos iba a quedar mas que negociar con las pandillas en un futuro cercano. El respetable oficial, instintivamente, basado en su experiencia y entrenamiento, sin pretensiones de ser ni erudito ni profeta, predijo nuestra precaria situación de hoy en día. ¿Por qué? Simple, el proceso posee una estructura definible, por lo tanto predecible, es más, en mi opinión, posee un determinismo causal: “no puede ser de ninguna otra manera”.

La tregua, tal como lo predijo el oficial, es resultado de una transacción, un quid pro quo, un dame que yo te doy, se dio algo a cambio de algo. El desenlace de la tregua es inevitable: emergerán nuevas jefaturas, nuevos grupos; las demandas se volverán insostenibles. La competencia entre grupos, nuevos y viejos, los hará volver a la carnicería de antes, y así, comenzará un nuevo ciclo con nuevos actores pero la misma película. El buen sacerdote ve al grupo delincuencial como individuos, extraviadas ovejas en busca del redil, hijos pródigos. ¡En buena hora! Esa es su misión pastoral... rescatar cuantos pueda. Nosotros, como sociedad, tenemos que verlo como una organización bien estructurada, con mando y control, sofisticada; en expansión continua, que refresca su membresía constantemente; y que plantea un panorama cada vez más difícil y más amenazante para nuestro bienestar.

Debemos recordar en todo momento que el comportamiento organizacional es muy diferente al comportamiento del individuo. Cuántas veces en asombro decimos no creo que haya hecho eso, un muchacho tan bueno; cuando en el colectivo... el comportamiento es impredecible. Se nos avecina un buen temporal y para capearlo se necesitará una buena dosis de inteligencia y voluntad. Politiquerías no nos llevarán a nada. ¡Probado está!