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Todavía fresco el fallecimiento, quizá demasiado repentino, del maestro Carlos Fuentes, vale la pena traer a cuento la inquisitoria afición crítica que, frente al poder político, caracterizó siempre a este fundamental escritor mexicano. Él mismo, en el esfuerzo por ser consecuente con sus posturas, dio bandazos extraños que le acercaron y le alejaron del castrismo, pero que también le llevaron a dar un polémico y sostenido respaldo al gobierno de Luis Echeverría, involucrado en la masacre de Tlatelolco.

Pese a todo, Fuentes sí que obtuvo aciertos abundantes a la hora de retratar, literariamente, los excesos del poder. En una de sus más geniales novelas, “La silla del águila”, le hace decir a uno de sus personajes: “La fortuna política es un largo orgasmo, querido. El éxito tiene que ser mediato y lento en llegar para ser duradero. Un largo orgasmo, querido”.

En pocas líneas vemos aquí descrito el itinerario que todo político ambicioso, y medianamente convencido de sus dotes, pretende desarrollar en el escenario político latinoamericano. Se trata del éxtasis que traen consigo, de bruces a la historia, las mieles empalagosas del sucesivo saltar sobre cumbres de algunas trayectorias públicas, encarnadas por hombres y mujeres de nuestra época embelesados con la mera posibilidad de ser los adalides de incontenibles transformaciones sociales.

Frente a este mesianismo peligroso, Carlos Fuentes supo hacer gala de la más fina ironía para exorcizar los demonios del poder, al menos en sus lectores. Su tocayo, amigo y colega Carlos Monsiváis –fallecido hace dos años– refiere una ilustrativa anécdota de 1977, cuando se acababa de nombrar embajador en España a Gustavo Díaz Ordaz, responsable máximo de la matanza de Tlatelolco. Al ser preguntado sin recato sobre aquel crimen, el exmandatario, muy descompuesto, aprovechó mejor la ocasión para agredir histéricamente a Octavio Paz y Carlos Fuentes, censores implacables de su régimen. Informado de que Monsiváis, periodista entonces, había sido testigo del exabrupto, Fuentes lo llamó desde París para obtener detalles. Se rio de buena gana del ataque de nervios de Díaz Ordaz y puso fin a la plática con este comentario: “Pues te felicito: tuviste la suerte de presenciar el derrumbe psíquico de un verdugo”.

Y es que, en efecto, ¿qué tiene el poder que se convierte en droga para tantas personas? ¿Qué número ingente de circunstancias irreales pululan siempre alrededor de ciertas ambiciones políticas, que con facilidad destruyen la psiquis y la capacidad autocrítica de cientos, miles de individuos en este planeta, pero que además concentran energías sobrehumanas dirigidas exclusivamente a la obtención de más y más poder?

¿Será solo un asunto de vanidades precozmente alteradas por la lambisconería que rodea a los “ungidos”, o estamos delante de algo mucho menos grosero y, por lo tanto, más difícil de explicar y estudiar? ¿Cómo es posible, nos preguntamos hoy los salvadoreños, que algunos de nuestros diputados se atrevan a justificar indignantes aumentos salariales, o defender la erogación de 15 mil dólares del exiguo erario público para financiar langosta y caviar en una recepción que duró menos de dos horas? ¿Cómo un grupo de personas que se supone aceptaron grandes sacrificios en su día para combatir el despilfarro, los abusos de poder y la corrupción, se aíslan hoy con tanta frescura en su burbuja de plata y además pretenden que nadie se atreva a cuestionar sus acciones?

Allí quedan para la posteridad las altivas y desconcertantes palabras del presidente de la Asamblea, Sigfrido Reyes, proferidas el día en que tomó posesión la actual legislatura. Jamás vi un caso de suicidio político más enternecedor. ¿Qué tipo de ceguera está hoy habitando la mirada, otrora más límpida y serena, del diputado Reyes, como para que le fuera imposible reparar en la absoluta inoportunidad de su diatriba? ¿Cómo es que alguien se aventura a exigir “respeto”, “prudencia”, “sensatez”, “cordura” y “responsabilidad” a otros órganos de Estado, cuando se ha estado a la cabeza de uno de los ejercicios legislativos más irrespetuosos, imprudentes, insensatos, irracionales e irresponsables que recuerda nuestra historia democrática? ¿Y qué decir del no menos penoso eco que el presidente de la República le hizo a la penosa alocución de Reyes?

Esas caravanas de camionetas todoterreno desfilando a contrasentido, en horas pico, por calles atestadas de conductores boquiabiertos, o las espectaculares llegadas a eventos públicos en medio de una nube de “aditamentos” innecesarios –chirriar de llantas, despliegue de guardaespaldas, traqueteo de armas largas–, pueden enfermar a cualquiera. De hecho, hay quienes se dejan obnubilar tanto por las “pequeñeces” que rodean al poder, que ya nunca quieren bajarse de esa nube de autoafirmación permanente. La necesitan para sentirse vivos, como un drogadicto necesita su éxtasis o, al decir de Carlos Fuentes, como una ninfómana necesita su orgasmo.

“En el fondo”, escribió David Escobar Galindo en un artículo reciente, “a quien hay que educar es al poder, y sobre todo al manejo del mismo. El poder es perturbador por excelencia: desquicia egos, trastorna voluntades y descontrola apetitos. Y, en las situaciones límites, hasta reta a la muerte, como es el caso patético y aleccionador del presidente venezolano Hugo Chávez, que se aferra angustiosamente a vivir, no por la vida, sino por el poder”.

Ciertos políticos se harían un enorme favor –y nos lo harían a nosotros, los ciudadanos que pagamos sus salarios– si alguna vez se acostumbraran a tener presente el carácter intrínsecamente efímero de los cargos públicos que ocupan. Y en esa tarea de verse al espejo, recomendarles una lectura provechosa de Carlos Fuentes talvez no sea inútil. Así darían con el mejor antídoto contra la estupidez.