andres.castro@gmail

África tiene mucho que enseñarnos. Sociedades divididas por sus hijos que tomaron las armas y vieron la violencia como un modus vivendi y que luego de cruentos años de violencia, tortura y muerte, regresaron a sus comunidades a pedir perdón. Las pandillas han negociado un acuerdo temporal de paz que ha generado una reducción de los índices de criminalidad en los últimos días; sin embargo, ¿hasta cuándo va a seguir brillando este sol? Las pandillas están pidiendo oportunidades y la sociedad ha sido llamada a la palestra para reinsertar a estos miembros que han actuado en detrimento de ella.

En África hubo asesinatos, decapitaciones, amputaciones, tortura, droga y secuestros. También hubo juicios, condenas, perdón, rehabilitación y reinserción. En El Salvador, a pesar de la tregua entre pandillas, hay seres humanos que lloran sus muertos; sin embargo, la revancha y el rencor no gestarán una nueva sociedad libre de violencia donde nuestros hijos crezcan con una verdadera oportunidad de éxito y prosperidad.

El primer paso para que en El Salvador exista la paz social y la tranquilidad es un plan concreto y práctico con financiamiento asegurado (nacional e internacional). Estos “combatientes” de las pandillas no tienen mística ideológica; para las pandillas la violencia es un modo de vida, no una necesidad. La forma de reencausarles es presentándoles oportunidades concretas y sinceras de una vida decente y digna.

Este plan de reinserción social debe de ser antecedido por un desarme. Las pandillas tienen que registrarse y entregar sus arsenales a cambio de dinero o insumos de vida: las armas han sido su “machete” y a la vez, raíz del sufrimiento de nuestra sociedad. Una vez se logre desarmar a las pandillas, se les debe de facilitar atención psicológica individual, grupal y comunitaria. Nuestras familias viven bajo un estrés constante que no sería extraño derive en un trastorno por estrés postraumático. La utilización del arte como medio sanador es una buena aproximación grupal y comunitaria. Además, puede derivar en un medio de subsistencia para los participantes. Ya se ha comprobado la eficacia del uso de la danza como terapia así como la pintura para grupos de jóvenes excombatientes en África. Así nos podremos acercar al perdón y la reconciliación social: caso contrario, un El Salvador libre de violencia será imposible.

Si queremos evitar preparar a las pandillas para el fracaso, debemos de educarlos. Esta educación debe de proveerles insumos vocacionales y académicos también. La educación es un aspecto importantísimo para el progreso de cualquier sociedad, ya no se diga de una sociedad tumultuosa como la nuestra. Como sociedad debemos de hacer una conciliación; empezar a ver más allá de los individuos y más en el país. Debemos de hacer un compromiso para darle una verdadera oportunidad a estos jóvenes que han llegado a un momento donde la violencia perdió el significado y necesitan de todos nosotros –víctimas y ajenos– para darles la mano y sacar a nuestro país de la violencia y la miseria, mas allá del rencor y el egoísmo. No es cuestión de olvidar: hay que enjuiciar y condenar, pero perdonar también. El Gobierno tiene una larga tarea con la reinserción de las pandillas, pero como sociedad debemos de darles una mano para poder edificar un mejor país; África ha podido, El Salvador también podrá.