Se va hundiendo el Sol entre los tejados irregulares del vecindario que tiene todas las características de los suburbios más pobres y olvidados. Los transeúntes anónimos, algunos de ellos con bolsas y paquetes, vuelven a sus viviendas luego de la jornada fatigosa. Poco a poco, las calles ya en penumbra se van quedando solitarias. El último de los transeúntes visibles es un joven que lo observa todo, como si lo estuviera viendo por primera vez. Se detiene en una esquina, y aunque ningún vehículo transita en ese instante, se queda ahí, como si una hilera de carros tuviera la preferencia del paso. Una de las ventanas inmediatas se abre de pronto, sigilosamente, y en el marco aparece esa imagen que cualquiera diría que es una estampa que se animara de repente. El susurro hace que el transeúnte inmóvil vuelva la vista. Ese susurro es una voz de mujer, casi de niña: “Estoy aquí”. Él, entonces, continúa su camino. Ha recibido el mensaje. Y al llegar a su vivienda, que tiene las dimensiones de un estudio de pintor sin recursos, emprende de inmediato el trabajo. Y lo que le brota es la figura de una princesa encantada, presa en su mundo invisible.