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Al encuentro de lo imposible. Terminábamos la columna inicial de esta serie de tres con la siguiente interrogante: ¿Qué debemos hacer para que el presidente termine bien su mandato? Nos hacíamos esta pregunta, persuadidos de que más allá de cualquier ideología, a nadie le conviene que el país continúe inmerso en una problemática que se vuelve cada vez más compleja. No le conviene ni al partido gobernante, ni al que tenga pretensiones de sustituirlo; mucho menos a la población, que es la que al final experimenta las consecuencias de lo que hace bien o mal un gobierno.
Como es lógico, el presidente aprovechó su mensaje sobre la gestión realizada durante el tercer año de su mandato, para destacar sus logros, señalar aquello que le ha impedido mejores resultados y bosquejar aquellas iniciativas más importantes en las cuales concentrará sus esfuerzos en los próximos dos años. Sin tener control total sobre estas últimas, destacan FOMILENIO 2, el Asocio para el Crecimiento y las alianzas público-privadas. En los otros campos de influencia anunciados, se percibe un ambiente poco propicio para alcanzar logros de impacto, especialmente en aquellos que demandan la inyección de importantes recursos públicos, por la situación fiscal que seguirá comprometiéndose cada día más si no hay un esfuerzo de largo alcance para reactivar la economía, reducir el gasto corriente, invertir de manera más eficaz, potenciar la transparencia y buscar fuentes alternativas de financiamiento, que no agraven más la fatiga fiscal.
Aquí precisamente está el riesgo de que la situación económica y delincuencial que es donde convergen las mayores preocupaciones de la población se agrave. Este riesgo es más real que imaginario y tiende a acrecentarse por los embates que experimenta a diario la institucionalidad democrática, donde el actor principal es paradójicamente el partido en el poder, apoyado por otras fuerzas políticas minoritarias que ven en la situación imperante el caldo de cultivo para el logro de propósitos inconfesables. Estos contubernios perversos tienen, entre otras consecuencias, ahuyentar más la inversión. El distanciamiento que mantiene el presidente con gremiales del sector privado tampoco contribuye a llevar un mensaje de tranquilidad y esperanza a la población y, por el contrario, envía señales de que al menos en el ámbito económico, las cosas pueden empeorar, empujadas desde luego por un contexto internacional sumamente complicado, en un país donde los espacios para hacer política económica están virtualmente agotados.
Y esto lo decimos sin llegar a extremos que caerían dentro de lo que Vargas Llosa califica como ficciones malignas, sino haciendo acopio de algunas de las expresiones más visibles que nos hacen dudar de la existencia de aquellos espacios que necesita todo gobernante para hacer bien su tarea. A la luz del desempeño de la actual administración durante los primeros tres años, debemos ser pragmáticos y en vez de estar haciendo comparaciones entre los ofrecimientos de campaña y lo efectivamente logrado, deberíamos hacer un esfuerzo genuino para por lo menos evitar que la situación empeore, sopesando el daño que le estamos causando no a la administración Funes sino al país, al regatearle lo mínimo que necesita para salir adelante.
Allí aparecen grandes desafíos, como la sostenibilidad fiscal, la reestructuración del sistema de pensiones, la reconstrucción del tejido productivo, mezclados con una problemática institucional muy seria. Sin embargo, esto y mucho más resulta comprometido cuando entran en escena de manera apresurada las elecciones de 2014. Es en este punto donde se cae cualquier signo de esperanza, porque para aspirar a tener un país remozado se requiere, cuando menos, acuerdos básicos entre las distintas fuerzas políticas y una toma de conciencia del poder económico. Sin embargo, a estas alturas, parece que todo conspira contra el más sublime de los sueños.