La normalización del funcionamiento institucional, cuando se viene de una prolongada cadena de distorsiones, como es nuestro caso nacional, trae consigo, casi inevitablemente, una etapa de resistencias y confrontaciones muy desgastantes en todo sentido. Es lo que estamos viendo en estos momentos en el ambiente. La permanencia de los vicios se defiende con uñas y dientes, agregando inseguridad y desconcierto a los ya existentes. Por eso es tan importante analizar con ojo sereno e indagador todo lo que pasa, para distinguir los distintos factores a los que la sociedad se va enfrentando en su ruta de modernización.

Lo que continuamos viendo en el día a día de nuestra realidad es una especie de pleito continuo, y no por cuestiones sustanciales, sino por actitudes descontroladas e intereses intransigentes. Entendemos que hay un aprendizaje de la práctica democrática que se tiene que ir haciendo en el tiempo, pero tampoco es justificable que esto dure la vida entera. Llevamos ya más de 20 años de posguerra, y es tiempo más que suficiente para que los actores nacionales –empezando por los actores políticos, que son los que están en la primera línea del ruedo– den muestras patentes de que han entendido y asimilado la lógica democrática.

Durante estos ya cumplidos tres años desde que se produjo la primera alternancia en el ejercicio del poder político durante la posguerra, ha habido una especie de curiosa inclinación, tanto desde el gobierno como desde las fuerzas políticas principales y aun desde las fuerzas sociales organizadas y no organizadas, a demostrar que cada quien está firmemente instalado en su posición propia, y que de ahí no se moverá. Este es un típico mecanismo de defensa. ¿Pero frente a quién se defienden ahora todas esas fuerzas? Pareciera que frente al imperativo de flexibilidad que es tan primordial en este momento de nuestra evolución democrática. Por ello es que los conflictos que se presentan con tanta frecuencia en el escenario nacional en su gran mayoría resultan evitables y superficiales. El hecho mismo de estar persistiendo en planteamientos ideológicos que responden a un momento histórico ya superado, como es el caso específicamente de la izquierda, pone de manifiesto que más que con obstáculos actuales estamos bregando con fantasmas del pasado. Al ser así, lo que se impone es analizar sin tapujos ni subterfugios lo que la evolución nos demanda en las circunstancias presentes, para sacar de ahí las líneas de acción convenientes, no para nadie en particular sino para el bien común en general.

El país necesita crecer en lo económico, fortalecerse en lo social, consolidarse en lo cultural, blindarse en lo ambiental. Son tareas complejísimas y de largo aliento. Hasta la fecha, no se ha logrado trazar una hoja de ruta nacional que abarque interactivamente todos esos desafíos, lo cual genera un vacío que cada vez resulta más oneroso y erosionador. Estamos dejando crecer esa cárcava histórica, teniendo a la mano las condiciones para repararla y evitar que se reproduzca. El primer instrumento reparador es la democracia misma, que pese a todos los inconvenientes e insuficiencias sigue en pie y sin signos regresivos de fondo.

Pasar al plano constructivo implica, en primer término, tomar el proceso democratizador en serio, como una apuesta sin retorno. Y esto, afortunadamente, va ganando terreno en la conciencia ciudadana. Los liderazgos nacionales tienen el deber de ponerse a la altura.