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La batalla evolucionó a su fase política, en la que las ideas son más importantes que la fuerza. Bajo el imperativo de la necesaria readecuación se abrieron los debates internos. En el curso de ese debate, en la izquierda, algunos de los líderes más valientes y talentosos fueron quedando marginados: desde Francisco Jovel, Eduardo Sancho y Joaquín Villalobos, hasta Dagoberto Gutiérrez, Ana Guadalupe Martínez, Facundo Guardado, Salvador Samayoa y Juan Ramón Medrano, para mencionar a solo algunos.

Nadie que los haya conocido o haya atestiguado sus trayectorias de lucha podría dudar de la integridad y la capacidad de estas personas. Sin embargo, en la deplorable tradición de que la revolución devora a sus propios hijos, todos ellos han sido víctimas de vastas y enconadas campañas de calumnias por parte de sus excompañeros. Aunque asimismo, fuera del FMLN y en distintas situaciones y posiciones, cada uno de ellos ha mostrado su valía moral e intelectual pese a las infamias que les fueron lanzadas.

Pero ellos, al igual que muchísimos más de su mismo talante, están dispersos por aquí y por allá. En esa dispersión se diluye gran parte del aporte de sus conocimientos y experiencias. Nuestro país no está para darse el lujo ocioso de semejante desperdicio. Es como si el apartamiento de los generales dejara a la tropa en manos de los sargentos, y así nos ha ido.

Sé muy bien que entre ellos hay pensamiento diverso y posicionamientos distintos, pero entiendo que coinciden en un punto: la polarización entre el FMLN y ARENA perjudica al país, y ninguno de esos dos partidos está dando señales en el sentido de abandonar las prácticas antidemocráticas, lo que impide influir razonablemente en sus respectivos extremismos retardatarios.

Para quienes hemos intentado contribuir a la reforma democrática en uno en otro bando, y vemos ahora cómo la imposición autoritaria, que solo busca el beneficio de las cúpulas, campea tanto en ARENA como en el FMLN, es evidente que el camino del país hacia el desarrollo no pasa por ninguno de esos partidos. Ya no estamos siquiera frente a una contraposición ideológica, sino ante una mera pugna por el control del aparato del Estado por parte de dos grupos empresariales.

Esos partidos van a los tumbos apagando los incendios que les provoca el evidente descontento interno. Ya no hay manera de tapar los agravios y vergonzantes ninguneos a que someten a sus estructuras y sus bases. Mientras tanto, la idea de la tercera opción, vía o fuerza, fundada en una alianza básicamente ciudadana, a la que puedan sumarse partidos políticos dispuestos a asumir un programa de centro, ha tomado carta de ciudadanía en el debate y se fortalece día a día.

En tal situación, no veo a ninguno de los dirigentes mencionados, y a quienes representan, cada cual a su modo y desde su propia posición, fuera del esfuerzo de construcción de esa tercera alternativa en marcha, en el entendido de que el desafío superior no reside en la edificación de la unidad de la izquierda, ni de la derecha, sino en la unidad nacional bajo la bandera integradora de la democracia. En todo caso, la tercera vía puede y debe convocar el concurso de ese cúmulo de conocimientos y experiencia.