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Mi deseo habría sido que las siguientes reflexiones fueran de utilidad para todos los partidos políticos pero no será así, porque voy a hablar de cómo seleccionar a un(a) candidato(a) presidencial idóneo(a) y resulta que un partido ya seleccionó a su candidato, otros partidos no tendrán candidato propio, hay un caso sui géneris en el que las cosas son al revés y lo que se tiene es un candidato ponderando su mejor opción partidaria, y solo queda un partido en proceso abierto de selección de su candidato.

Asumiendo que todo partido prefiere ganar varias y no únicamente la siguiente elección, mi primera reflexión es que no es buena idea poner la carreta delante de los bueyes. El primer paso del proceso debiera ser la identificación de personas que tienen madera presidencial de óptima calidad. Si aceptamos como válida esa premisa, entra con mal pie un partido que limite sus opciones a las personas que manifiestan querer competir por la candidatura. En esta fase temprana del proceso, los partidos debieran ser más proactivos, tomar iniciativa, buscar hasta encontrar el tesoro escondido.

No tengo espacio para abundar en los criterios que deben tomarse en cuenta para hacer esa primera selección. Mucho se ha dicho y se ha escrito al respecto. Paso por alto lo evidente (honradez, formación, probadas capacidades para el liderazgo y la ejecución). Quisiera enfatizar lo menos obvio pero igualmente importante. En primer lugar, madurez. No queremos un presidente caprichoso o impulsivo, cuyo juicio esté siempre asediado y comprometido por avasalladoras emociones y sensibilidades. En segundo lugar, derivada parcialmente de lo anterior y de una inteligencia superior al promedio, capacidad para atraer y utilizar el aporte de personas excepcionalmente íntegras y competentes, sin miedo a que le puedan hacer sombra.

Una vez que se tiene la lista corta de los que podrían ser muy buenos presidentes, viene el paso siguiente: escoger entre ellos a quien ofrezca las mejores posibilidades de ganar la elección. Esta es la parte que más se presta a errores de apreciación por prejuicios o intereses, la parte en que son más importantes el método y las técnicas para recabar y analizar información relevante.

Como lo que voy a decir a continuación podría malinterpretarse como serrucharle el piso a uno de los precandidatos, debo aclarar que no es esa, en modo alguno, mi intención. Está ampliamente demostrado que la popularidad de los políticos es sumamente volátil. No es algo estático y siempre debe ponderarse en referencia a circunstancias cambiantes. Le guardo aprecio y respeto al alcalde Norman Quijano, pero creo que su ventaja en las encuestas, a casi dos años de la elección, no debiera sobredimensionarse como criterio en la selección del candidato. Si él resulta ser el elegido, que sea por buenas razones y, entonces, ¡enhorabuena!

Tampoco debe sobredimensionarse la importancia de las preferencias de las juntas directivas sectoriales o regionales. Es sumamente importante que el candidato elegido sea respaldado con entusiasmo y convicción por los que tendrán la responsabilidad de movilizar la maquinaria electoral; pero no hay que olvidar que, al fin de cuentas, una elección se gana con los votos de los ciudadanos, con los votos de fieles, indiferentes y herejes. El candidato tiene que ser acogido con entusiasmo por la población de todo el país. A ningún partido le alcanza en El Salvador su voto duro para ganar una elección presidencial.

Surge, entonces, la pregunta: ¿Cuál es la forma más confiable de auscultar las valoraciones y preferencias más estables de la población? Aquí es donde la técnica es muy importante. Las encuestas no son una herramienta apropiada para ese tipo de propósitos. La mejor técnica es la de grupos focales, siempre y cuando esa consulta sea dirigida por gente experimentada y supuesto que se cumple el requisito de una atinada segmentación del universo de votantes.

Mediante grupos focales se puede indagar a fondo sobre la forma como cada segmento toma sus decisiones, qué inclina a la gente a favor o en contra de un candidato o de un partido, cómo ubica la gente a determinado candidato en hipotética competencia con cada uno de sus rivales partidarios y contra adversarios de otros partidos.