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El espectáculo que presenciamos el lunes 16 de julio, con la toma ilegal y forzada de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), estuvo lleno de imágenes simbólicas, mensajes, significados políticos, los cuales vale la pena analizar.
La foto estrella, la de unos diputados levantando los brazos del abogado Ovidio Bonilla, como si de un cuadrilátero de boxeo se tratara, dice mucho del tipo de independencia judicial que se puede esperar respecto de los partidos políticos.
La foto también dice mucho del tipo de calidad moral legislativa la crema y nata de la reserva inmoral del hemiciclo que arropó el remedo callejero de investidura judicial. Exquisita imagen de un brebaje político batido con ingredientes de una izquierda adulterada y una derecha descompuesta.
No menos simbólica fue la foto de los sindicalistas tomándose por la fuerza las instalaciones de una institución estratégica, con información de manejo delicado, como es la CSJ (bajo la mirada tolerante de las autoridades), haciendo valla de honor a los falsamente ungidos abogados, reivindicando legalidad sólidamente cuestionada.
Atrás quedó la fuerza reivindicativa laboral, el honor de la independencia partidaria, los principios sindicales que definen su identidad. Una vuelta al pasado, un retroceso, donde el sindicato no responde al mandato de las reivindicaciones laborales de sus afiliados, sino a las fidelidades de sus patronos partidarios. No se queda atrás la foto del cerrajero, abriéndole las puertas al infierno legal en que han metido al país un grupo de dirigentes políticos: peligroso embrión del uso de la fuerza para imponer voluntades e intereses políticos particulares, germen del autoritarismo que ahora pulula con disfraz democrático.
Imagen posible, cerrajero posible, gracias a una orden convertida en delito confeso. Lo ocurrido con la toma forzada de las instalaciones de la CSJ manda un pésimo y nefasto mensaje: si la misma autoridad usa la fuerza para instalar y abrirle las puertas a la ilegalidad, ¿con qué autoridad se va exigir hoy al ciudadano común que no lo haga? Las imágenes televisivas son más preocupantes: aplausos luego de que el abogado Bonilla confiesa el delito de ordenar violentar las cerraduras de oficinas privadas con información y expedientes delicados en manos del poder judicial. Aplausos al uso de la fuerza, aplausos a la consagración del autoritarismo, aplausos al delito.
Los mensajes sobraron. Mensaje a los militantes del FMLN: solo las relaciones de la cúpula están inmaculadas para cupular con la derecha infectada; los mortales militantes o simpatizantes ni siquiera pueden rozarse o salir en la foto con ellos a riesgo de ser excomulgados o inventariados de traidores/vendidos.
Lo que es bueno para la cúpula no lo es para la base, ya sea que se trate de vestirse costoso, andar en carros de lujo, tener buenos negocios, aspirar a ser grandes empresarios, aliarse con la derecha, etcétera. Solo ellos, la vanguardia, tienen la licencia divina para hacer lo que se le prohíbe a sus militantes. Mensaje a los sindicalistas: la obediencia no es hacia sus afiliados sino a la patronal partidaria; la línea del partido está sobre los intereses de la reivindicación laboral.
Mensaje al ciudadano: vale más la razón de la fuerza que la fuerza de la razón; cuando la ley me incomoda me la acomodo por la fuerza. Mensaje a nuestra frágil democracia: los límites de esta terminan cuando mis mezquinos intereses particulares comienzan.
Lo que no han medido bien los protagonistas de esta farándula política son las consecuencias jurídicas, económicas y políticas de sus irresponsables y perversas acciones. Se están cargando la frágil seguridad jurídica que posee el país, acarreando a la sociedad salvadoreña hacia el desamparo e incertidumbre jurídica, al limbo de sentencias y resoluciones cuestionadas y cuestionables. Han proporcionado una fuerte sobredosis de incertidumbre a una economía maltrecha y enferma sedienta de certidumbre para recuperarse.
Han deteriorado la imagen de un país que se suponía ejemplo de transición democrática, y nos están alejando de la relación privilegiada que tenemos con Estados Unidos. Han colocado al país al borde del precipicio. Esperamos no acaben empujándonos hacia él.