En esta situación, el adolescente se quita la mochila de valores y principios que lleva en su espalda para ver qué hay adentro pues la carga le fue introducida con amor desde que estaba pequeñito por sus padres, de la que no notaba el peso por su confianza plena y total en ellos, quienes le enseñaron que cargarlos era bueno para él (ella). Si antes el hijo o la hija no se cuestionaban nada, ahora, consciente de su capacidad de elección, desea revisar para aceptarlos o desecharlos cada uno de los principios o valores que se le instalaron a través del ejemplo y educación familiar.
La identidad cultural en una sociedad democrática moderna es provista a las nuevas generaciones gracias al empeño de los padres, primeros y principales educadores en la familia, una institución por ello denominada la primera escuela de sociabilidad e iglesia doméstica.
Es deseable que en casa sean inculcados los fundamentos de las sociedades libres, que más adelante permitirán que cada ciudadano se empodere para ser guardián del bien común que ha delegado a través de su voto por cara en las elecciones. Los mismos políticos han debido recibir en sus hogares la educación de los principios éticos que utilizará en el noble arte de ordenar toda la vida de la polis.
De acuerdo con José Ramón Ayllon, catedrático de ética, las cuatro guías morales que facilitan la acción política son: Principio de libertad personal. En todas las esferas de lo social se debe facilitar y proteger las distintas libertades de los ciudadanos; Principio de subsidiaridad, por el cual se debe reconocer y facilitar el derecho de la ciudadanía y de las asociaciones intermedias a buscar soluciones a sus problemas y crear aquellas instituciones que hagan de puente entre el Estado y los individuos. La sociedad es justa y disfruta de buena salud cuando los pobladores, por medio de asociaciones o personalmente, dan respuesta a sus necesidades. Al Estado, fuera de algunas misiones propias y exclusivas, le compete un derecho subsidiario: llenar aquellas lagunas a las que no llega la iniciativa privada; Principio de solidaridad. El Estado, la sociedad, las asociaciones intermedias y los ciudadanos deben sentirse unidos para colaborar todos, cada uno en el ámbito que le es propio, al bien común de la sociedad. La solidaridad no abarca solo a la nación, sino que dado que las distintas regiones del mundo cada día están mas intercomunicadas, y dependientes entre sí, debe fomentarse una solidaridad internacional que abarque a todo el planeta; Principio del bien común. En último término, el fin de la vida política es conseguir el bien común: el conjunto de condiciones sociales que permite a personas, familias y asociaciones alcanzar su máximo desarrollo.
Ayllon también explica que la democracia tiene su corazón en los siguientes puntos: la equidad, la libertad, la educación, la distribución justa de la riqueza (a cuyo objetivo, me parece, ha contribuido de mejor manera el sistema de libre mercado); el respeto por la ley; la autoridad política; la alternancia en el poder y el control público de la autoridad.