Si hasta para el diseño y la venta de un producto tan sencillo se requiere un mínimo de diálogo y comunicación, no podemos dejar de tener en cuenta estos factores en asuntos tan trascendentales como los asuntos de Estado, especialmente cuando se trata de la coordinación, el diálogo y la comunicación entre sus órganos.
La falta de diálogo, de comunicación, pero sobre todo el atrincheramiento de cada uno en sus respectivas posiciones nos ha llevado a una especie de torre de Babel y, si no tenemos cuidado, podemos convertir al país en un Frankenstein ante el cual la mitológica figura de Leviatán retomada por Hobbes se quedaría corta.
Durante las últimas semanas, meses quizás, los esfuerzos de cada parte han estado encaminados a demostrar que es dueña de toda la razón, a desvirtuar de la manera más agresiva posible los argumentos de los demás y a construir una narrativa donde unos son los héroes y otros son los villanos.
A estas alturas bien se podría aplicar la bíblica referencia el que esté libre de pecado que lance la primera piedra. Todos podríamos tener alguna responsabilidad en este asunto: unos por acción, otros por omisión. Y bien haríamos cada uno de nosotros en reconocer nuestros errores para hallar una solución a la actual problemática.
Sé que en esta vorágine de acusaciones y descréditos no faltará alguien que califique de naïf esta reflexión y me dirá que esto es un asunto de lucha por el poder y hasta podría insinuarme de una manera sutil, o menos sutil, que el fin justifica los medios. Yo diría que por eso estamos como estamos, pues mientras sigamos divorciando la política de lo mínimamente correcto y sigamos jugándonos el futuro del país en un concurso de egos difícilmente saldremos hacia adelante. Hace 20 años sorprendimos al mundo. Después de tanto dolor y sufrimiento logramos un acuerdo de paz que inició como un proceso de diálogo (de comunicación) y negociación hasta convertirse en la epopeya más grande de la historia reciente que dio pie a la transición democrática, fundó y refundó instituciones, anteponiendo lo que se consideró más cercano al interés nacional y, por supuesto, a la correlación de fuerzas del momento, frente a los intereses de cada parte.
Ahora también hemos sorprendido al mundo, solo que de una manera no muy positiva y todos nuestros amigos en el mundo esperan que si fuimos capaces de poner fin al conflicto armado por la vía del diálogo y la negociación, podamos hoy poner fin a un asunto que, para decir verdad, puede ocurrir hasta en las democracias más maduras, pero que si no se pone la debida atención, puede acabar con nuestra joven institucionalidad.
Aunque soy un fiel convencido de que los asuntos internos de cualquier nación deben procurar resolverse internamente, no puedo dejar de mencionar, como representante de la diplomacia, el clamor unísono de la comunidad internacional (algunos en la mejor tradición diplomática, otros con pocas nociones de esta) para que resolvamos este problema lo antes posible. Tenemos la gran oportunidad de sorprender al mundo, otra vez, de una manera positiva con el proceso de diálogo que ha sido convocado. No la desperdiciemos, guardemos los egos en el congelador y demos a nuestro país, a nuestra gente, la salida que se merece para poder seguir adelante, pues son demasiados los desafíos como para seguir perdiendo el tiempo.