La aceleración histórica es, en estos tiempos de globalización, un dinamismo de velocidad sin precedentes. Y no ha tardado mucho para que dicha globalización se haga sentir con una prueba de fuego: la crisis que detonó en 2008 y que está aún sobre el terreno del mapamundi, con distintas expresiones según zonas y países, pero con una capacidad de impacto que de seguro tardará en irse desactivando en los hechos. Europa es uno de los epicentros más dramáticos de la crisis. América Latina, por sus propias condiciones, ha podido lidiar bastante bien con muchos de sus efectos; pero las lecciones son globales, y nos atañen a todos.
Esta crisis a la que nos referimos no surgió de la nada: es el resultado de una impresionante acumulación de errores, indisciplinas y malas prácticas; y lo más dramático y aleccionador es que tales defectos han estado presentes en las sociedades desarrolladas, en las economías que parecían las más dinámicas y creativas y en los círculos de poder con más influencia global.
Esta vez la crisis no fue efecto de la incapacidad subdesarrollada, sino producto de la irresponsabilidad desarrollada. El principio del trastorno está en haber actuado como si la prosperidad fuera un recurso automáticamente renovable, cuando es en verdad una tarea que hay que cumplir día tras día.
Para un país como el nuestro, que está en fase intensiva de aprendizaje democrático y con tantos y tan graves problemas políticos, económicos y sociales entre manos, una crisis como la presente, que nos llega de coletazo pero con tanta capacidad de impacto, debería ser considerada y asumida como una oportunidad de extraordinario valor ejemplarizante. La moraleja básica es: no se puede permitir que la irresponsabilidad se implante como factor determinante de la conducción del proceso nacional, porque las consecuencias son entonces no sólo de proporciones y de implicaciones imprevisibles, sino de incidencia destructiva fuera de control.
Es momento, entonces, de recoger las enseñanzas de la crisis y de ponerlas en acción, para corregir lo que haya que corregir y para impulsar lo que las circunstancias determinen. Para el caso, la disciplina fiscal es absolutamente indispensable como norma de vida pública; asimismo, el control del endeudamiento debe ser activado cuanto antes, para evitar los quebrantos de la insolvencia; y la guía debe ser un orden de prioridades nacionales, que nos permita dejar a un lado la improvisación irresponsable y erradicar la distorsionadora práctica de los arreglos políticos bajo la mesa. Es una nueva cultura de funcionamiento público y privado lo que los tiempos requieren.
Dice la sabiduría popular que no hay mal que por bien no venga; y esa máxima surgida de la vida misma debería movernos a hacer conciencia nacional sobre las lecciones de la crisis, para avanzar hacia una modernización que deje atrás todas las fantasías, ideológicas o de cualquier otra índole, y se instale en el centro de nuestra realidad, con voluntad de presente y vocación de futuro. Esta crisis y sus ramalazos tendrían que movernos a abrir todas las compuertas de la realidad nacional. Ningún encierro, sea mental, ideológico, político o económico tiene futuro. Tomemos conciencia de ello para no seguir perdiendo lo más valioso: el tiempo y sus oportunidades.
Hay en el país importantes reservas de pensamiento y de creatividad, que no se usan a plenitud. Urge, pues, remover cuantos obstáculos se opongan a ello, para salir a los espacios abiertos de un El Salvador en el que todos seamos partícipes del esfuerzo y beneficiarios de sus frutos.