Cada momento histórico tiene sus características propias, y el que estamos viviendo ahora mismo en El Salvador presenta singularidades sin precedentes. No es de extrañar, entonces, que se tenga la sensación generalizada de que hay crisis prácticamente en todos los órdenes de la vida nacional, aunque, si se hace un análisis más sereno de las circunstancias en que nos movemos, se puede percibir la verdadera naturaleza de lo que sucede: la transición democratizadora en fase aguda de aprendizaje para todos, aun para los que más se resisten a ella. En ese escenario tenemos que ubicar las responsabilidades y las oportunidades de la función periodística actual.

Dicha función enfrenta ahora mismo, en distintos escenarios de nuestro entorno latinoamericano, riesgos, amenazas y agresiones que derivan de las convulsas realidades políticas que se viven en la región. Agentes destructivos como el crimen organizado y el populismo dizque revolucionario son enemigos natos de la libertad de prensa, y esto genera una red de tensiones que se incrementan por la debilidad institucional que sigue haciéndose sentir en buena parte de nuestras naciones. Y todo ello exige que los medios y las fuerzas que abanderan la defensa de las libertades redoblen su vigilancia y fortalezcan su compromiso con la democracia, con la paz y con la seguridad.

La transición salvadoreña, luego de concluido el conflicto bélico, ha venido atravesando etapas que coinciden con la dinámica de la implantación definitiva de la democracia en nuestro ambiente. A lo largo de dicha transición, que aún tiene muchos deberes por hacer, la libertad de expresión y el correspondiente derecho a la información han tenido que estar en alerta y a la defensiva frente a intentos de intimidación o amenazas de sometimiento provenientes de distintos ángulos del poder. No hace mucho, por ejemplo, y dentro de las opiniones vertidas sobre el contenido de una eventual ley de partidos políticos, hubo quienes, desde la óptica partidaria, plantearon restricciones al ejercicio periodístico, haciendo juicios totalmente descabellados sobre éste. Estar en guardia ante cualquier maniobra, argucia o iniciativa que vaya en contra de la libertad de expresión es, pues, fundamental en los tiempos que corren. Los que hemos ejercido, ejercemos y estamos dispuestos a ejercer permanentemente un periodismo libre, veraz y al servicio de las mejores causas en pro del bien común tenemos que mantenernos en una especie de vigilia ininterrumpida para detectar cualquier peligro de erosión del régimen de libertades y para actuar en consecuencia cuando las circunstancias lo demanden.

Esta hora del país demanda de todos actitudes y posiciones que respondan de manera positiva, creativa y valiente a los desafíos de una sociedad en transición. En lo político, en lo social y en lo económico hay grandes tareas pendientes, en función de seguir modernizando nuestro modelo de vida, para beneficio general. Sobre la base insustituible de la libertad de expresión, nuestro aporte es mantenernos firmes en el ejercicio de un periodismo que esté a la vanguardia en todo sentido. Y este es un esfuerzo que, como medio, hacemos en conjunto con todos aquellos que participan y colaboran en nuestra misión cotidiana de informar y de formar opinión.

El periodismo es hoy, más que nunca, un reto profesional y tecnológico. En LPG, con su creciente oferta comunicativa, reafirmamos nuestros inquebrantables principios originarios, e impulsados por esa filosofía de acción avanzamos hacia el futuro, ya en vísperas de nuestra primera centuria.