El mundo no está por llegar a su fin, como vienen anunciando con persistencia obsesiva los agoreros apocalípticos; pero sí es perceptible que la humanidad está abocada a una experiencia de mundo que no tiene antecedentes visibles. Las señales de que la era del racionalismo todopoderoso y de las fragmentaciones artificiales que se sustentaban en ese racionalismo sin alma estaba en crisis terminal empezaron a ser visibles desde hace tiempos. La Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1945, dio origen a una bipolaridad que durante algunas décadas se quiso repartir el dominio del mundo. Eran las alineaciones forzadas, que originaban no alineamientos también artificiosos. En 1989, la bipolaridad se desplomó por sí misma, dejando al mundo en una especie de orfandad desconcertante, que casi un cuarto de siglo después sigue desaguándose.
La pregunta que quedaba flotando en el ambiente universal luego de la gran implosión del comunismo, era una especie de anhelante reclamo: Y ahora, ¿dónde está el poder? Porque el capitalismo de pronto se hallaba al garete. Cualquiera hubiera pensado, en un análisis rutinario del movimiento de fuerzas, que, tras hundirse el comunismo, el capitalismo acapararía de inmediato todos los espacios, en algo así como una autoconsagración del poderío absoluto. Por el contrario, lo que empezó a respirarse en el aire general fue el aroma de la indefensión. Un aroma a sueños malbaratados y a experiencias mal vividas. Como si lo que la humanidad estuviera necesitando fuera un exorcismo con vocación de epifanía. Del estragamiento de los poderes dizque absolutos a la restauración del más antiguo de los sueños: el oficio de la humanidad como un todo.
Estos son años de confusión y de dispersión; y no podrían ser de otra manera cuando hay que revisarlo todo y reanimarlo todo. No es casualidad que en este momento no haya doctrinas dominantes, ni siquiera en cierne. La filosofía parece haber entrado en receso terapéutico. Los esquemas sacralizados del desarrollo tartamudean calamitosamente. Y las consabidas fórmulas para el ordenamiento internacional están en veremos. Todo esto produce desasosiegos múltiples y no pocas angustias en movimiento; sin embargo, al tomarle el pulso a la realidad actual con un mínimo de inspiración creadora lo que se detecta es una cadena de pálpitos casi ilusionados, como si estuviéramos a punto de atrevernos a tener esperanza en las potencialidades recreativas de un mundo que pareciera ir ingresando por primera vez en el salón global de sus espejos.
En ese salón se mira todo y a cada instante. La gran transfiguración tecnológica de las comunicaciones es el principal vehículo de los nuevos tiempos. No hay suceso que no esté expuesto de inmediato a la atención y al escrutinio más amplios. De un mundo de tarjetas postales esporádicas a un mundo de tuiteos incesantes. Y esto se da también en la política, donde parecía que algunas barreras estaban ahí a perpetuidad, como por ejemplo en el mundo árabe. Nada se salva. Nadie se escapa. Y la cosa va para más. Porque, desde luego, es evidente que sólo estamos en las vísperas de un novedoso modo de concebir y manejar la realidad en todos los planos, desde el local hasta el global. El punto es que al no haber quién o quiénes lleven la batuta y este es uno de los signos innovadores, todo hay que hacerlo en común, y de eso no se tiene experiencia.
En el mundo, venimos del teléfono rojo entre dos y ya vamos por el G-20, y suma y sigue. En el país, venimos de la gerencia claustral y militarizada del poder político y estamos haciendo los primeros ejercicios de la racionalidad impuesta por el proceso democrático mismo. Lo que va quedando cada vez más en claro es que el absolutismo del poder ya no tiene espacios disponibles, aunque haya aún muchos que persistan en sostener las actitudes del pasado, aquí y en todas partes. Esa nueva era de la que hablamos significa, pues, algo más profundo de lo que podría haber sido una revolución política, al estilo clásico. Más que de estructuras es cuestión de esencias. Por eso nos hemos referido ya a este fenómeno como una especie de humanización global, con la ciudadanía emergiendo como sujeto con vida propia.
Al ser cuestión de esencias, se hace presente aquí un flujo espiritual en juego. Sería la espiritualidad que no tiene marca propia, porque responde a la simple fuerza del espíritu humano en movimiento. Esta debería ser la verdadera globalización, la que trasciende intereses y se despliega sin fronteras. Más de alguno podría pensar que en este planteamiento hay una idealización implícita; sin embargo, los datos de la realidad inducen a detectar una nueva respiración del sentimiento utópico, que es mucho más que un fantasma que recorre el mundo