En estos días, y a raíz del enfrentamiento entre posiciones de algunas fuerzas representadas en la Asamblea Legislativa y decisiones de la Sala de lo Constitucional, se ha tenido que llegar a un ejercicio de búsqueda de entendimientos políticos que resuelvan la enmarañada cuestión. ¿Qué es lo que en realidad está en juego, detrás de los variados argumentos que vienen esgrimiéndose? En primer término, el propósito de reestructurar dicha Sala, por la vía que sea; y en segundo lugar, el preservar posiciones logradas en el acuerdo entre partidos en abril de este año, al procederse a las elecciones anticipadas de magistrados, luego que se supo que en la nueva legislatura habría una nueva correlación de fuerzas, según la cual la mayoría calificada necesitaría de ARENA y del FMLN.
Las decisiones de abril fueron tomadas deprisa y sin ningún disimulo, escudándose en que lo mismo se hizo en 2006, cuando aquella legislatura eligió dos tandas de magistrados. Los que entonces adversaron con fundamento tal decisión abusiva hoy defienden el mismo procedimiento; y los que entonces pusieron en práctica dicho abuso hoy lo rechazan. Esa es una de las magias de la alternancia: que al ir poniendo a las distintas fuerzas en posiciones alternativas de Gobierno y de oposición, cada quien se mira en el espejo desde distintas perspectivas y así se van revelando los vicios y accionándose las correcciones de los mismos. No es que en cierta posición el uno sea bueno y el otro sea malo: es que la misma dinámica de cambiar de posición de poder ejerce funciones depurativas en las respectivas conductas.
Pero dicho proceso de aprendizaje, especialmente en un caso como el nuestro, es por naturaleza complejo, ya que implica en primer término renovación de actitudes, tanto desde las esferas gubernamentales como desde los liderazgos partidarios. Hay que pasar del ejercicio de las descalificaciones subjetivas, que es fácil y aparentemente muy rentable políticamente, al ejercicio de las valoraciones objetivas, que requiere análisis y serenidad de juicio. La negociación de la paz pudo avanzar y llegar a buen término porque no hubo descalificaciones previas respecto de ninguna de las dos partes, pese a que se estaba en plena guerra mutuamente destructiva; porque desde el comienzo funcionó la convicción mutua de que era imprescindible hacer concesiones que no quebrantaran el orden legal; y porque hubo voluntad compartida de avanzar de manera consistente. Lo que sorprende en la situación conflictiva actual del enfrentamiento de poderes es que se quiera hacer pasar la Constitución de mano en mano, como si fuera un objeto cualquiera. En la negociación de la paz nadie intentó vulnerar la Constitución vigente, aunque una de las partes estaba fuera de ella. Lo que se hizo fue acordar reformarla sin transgredirla. ¿Por qué no se aplica hoy aquel ejemplo?
Insistimos en un punto básico: una negociación política de alto nivel que sea realmente respetuosa de la realidad debe conducir a acuerdos razonables, que consoliden el Estado de Derecho en vez de erosionarlo o quebrantarlo. Esto es clave para que lo político no se vuelva factor demoledor, sino elemento constructor. Estamos en un momento difícil de nuestra evolución democrática, del que pueden surgir sin embargo efectos muy prometedores, si es que los resultados de esta minicrisis tan artificial son los que le convienen al proceso nacional. A eso tendrían que apuntar los esfuerzos de todos los involucrados, siempre que se decidan a actuar en función de país.